EVA, DALILA, MESALINA... ESTHER LAGO

La Voz

AROUSA

J. R. ALONSO DE LA TORRE LA PLAZA DE LA ESTACIÓN

03 mar 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

De los muertos, o se escribe bien o no se escribe. Es la primera vez que rompo esa regla. Escribo sobre una persona que ya no está, pero en el titular relaciono su nombre con los de mujeres temibles. ¿Qué me está sucediendo, también yo he perdido el sentido común y me despeño dando trompicones entre sinrazones, histerias y faltas de respeto? Galicia es el país donde existe una cultura de la muerte más rica y asentada. Aquí, a los muertos, a todos los muertos, a los santos y a los detestables, se les respeta. Sin embargo, se ha muerto Esther Lago y hemos roto esa sabia costumbre de reservar para la muerte un santuario de inviolabilidad. ¿Por qué se puede llegar a insultar a unos hijos que acaban de perder a su madre, a una niña de 14 años que no sólo se encuentra de pronto huérfana, sino que además es vituperada y vejada? ¿Por qué esta saña con una muerta y sus parientes cuando hay otros vivos sobre cuyas conciencias recaen los mismos delitos que sobre Esther Lago y Laureano Oubiña, pero que viven tranquilos y hasta respetados? Porque la finada pudo traer la droga que mata y dirigir operaciones, pero no más ni menos que otros muchos capos que siguen en activo montando empresas, dominando conciencias, callando voces. La diferencia de Esther Lago con otros colegas de su estirpe es que ella era la mala mujer de la copla, la hembra perversa del imaginario popular, esa dama que la literatura y la leyenda han colocado siempre detrás de los desastres. La cosa, dicen, comenzó con Eva que nos arrebató el paraíso tentando y pervirtiendo a Adán. Siguió con Dalila cortándole los cabellos y la fuerza a Sansón. Continuó con Cleopatra, Salomé, Jezabel, Mesalina, Catalina de Medicis, la princesa de Éboli, Mata Hari... Y la lista se cierra con Esther Lago, que tenía todos los abalorios para entrar en la mitología de lo terrible: el cabello negro que los poetas colocan sobre la cabeza de las mujeres que hacen que los hombres la pierdan, la gafa oscura que añade misterio siciliano, la desenvoltura que irrita, los complementos lujosos que enervan y un lado doméstico y natural que es lo que acababa de sacar de quicio: Esther Lago compraba en las tiendas populares de Vilagarcía, iba a llevar a sus hijos al tren y, para rematar la pincelada natural y cercana, murió realizando la misma operación que llevan a cabo decenas de padres vilagarcianos las noches de fiesta: iba a Cambados a recoger a su hija que estaba en la movida. Con esos rasgos, el imaginario colectivo había elaborado un retrato con el que presidir el altar del infierno. Habíamos convertido a Esther en el símbolo del miedo atenazador: «¿Qué hace mi hijo por la noche, qué toma, qué se mete, cómo acabará?». Habíamos decidido eliminar responsabilidades por acá y por allá para centrarlas todas en los narcotraficantes y de entre ellos, escogimos a Esther Lago como la esencia del pánico ante el futuro incierto de nuestros hijos. No es de extrañar entonces que el pasado jueves, a la hora de su entierro, se olvidara ese respeto a los muertos que en Galicia siempre fue sagrado. Sin embargo, hay algo que no cuadra: Esther ha muerto y su esposo está en la cárcel, pero la droga sigue moviéndose, el peligro sigue acechando y, a lo peor, resulta que nos hemos pasado insultando a una muerta mientras hay vivos que siguen traficando, que no tienen la mística de la mala mujer, a los que damos nuestro dinero, de los que recibimos su dinero y a los que acabamos justificando porque no tienen melena negra, gafas oscuras ni la desenvoltura femenina de Eva, de Dalila, de Mesalina... de Esther Lago.