José Peña, gerente de conservas de pescados y mariscos Ramón Peña En apenas seis años, José Peña ha logrado alcanzar una difícil meta desde una modesta factoría ubicada en Ribadumia: situar su marca en las tiendas más selectas de Londres, París, Bruselas o Toronto. Nieto e hijo de conserveros, ha sabido bucear en las fuentes del sector y recuperar sus raíces para ofrecer una etiqueta de calidad contrastada: conservas de pescado y marisco Ramón Peña. Con una producción limitada, y siempre trabajando con productos frescos, _«aquí no hay cámaras frigoríficas»_ la apuesta de Peña es decidida: «Siempre buscamos la máxima calidad, volviendo a lo que se hacía en los orígenes». Un secreto que buena parte del sector parece haber olvidado, pero cuyos resultados, con un crecimiento del 50%, son evidentes.
15 jul 2000 . Actualizado a las 07:00 h.SERXIO GONZÁLEZ VILAGARCÍA José Peña pertenece a la tercera generación de una familia de prestigiosos conserveros. Su abuelo, también José, inauguró en 1920 la primera de sus fábricas y su padre continuó la tradición. «Finalmente nos desprendimos de la antigua factoría, pero con el paso del tiempo yo decidí volver al sector», asegura. Fue a finales de 1994, con la creación de la etiqueta Ramón Peña, en Ribadumia. _¿Qué le hizo retomar la antigua labor de su familia? _Bueno, al margen de la tradición, he podido viajar bastante. Visitando tiendas en París o Londres me di cuenta de que existe un importante mercado para los productos de calidad. Ahí está el ejemplo de los franceses o los italianos. Una lata de sardinas francesas podía venderse en Inglaterra a 1.600 pesetas, cuando una española o marroquí no pasaba de las 125. Evidentemente, aquí estaba sucediendo algo. _Y decidió apostar fuerte por la calidad... _Efectivamente, nuestra línea son los productos de alta calidad. Para ello hemos recuperado lo que se hacía en los orígenes, lo que hacía mi abuelo a principios de siglo, lo que dio su fama a las conservas gallegas. Siempre trabajamos con productos frescos, autóctonos de nuestras rías o de la costa cantábrica. Aquí no hay cámaras frigoríficas, sólo una de mantenimiento. Pero esto es algo que se extiende a todos los ingredientes que intervienen en el proceso de producción, desde el tomate a las cebollas, pasando por el aceite de oliva de distintas variedades. _¿Este es un fenómeno generalizado en el sector? _Lo cierto es que parece que se vuelve a recuperar ese gusto por la calidad. Durante mucho tiempo se apostó por todo lo contrario. Y creo que, incluso, se equivocó el objetivo. Se puso la vista en países como Libia o el entorno sudamericano, olvidando un mercado potencial, el del mundo desarrollado, que es el que verdaderamente otorga prestigio a una marca. Es evidente que los grandes fabricantes no pueden mimar los productos como nosotros, pero sí alcanzar un equilibrio, una calidad media. Y eso es lo que comienza a hacerse de nuevo. _Supongo que, de todas formas, su forma de trabajo limita la producción. _Evidentemente. Nosotros dependemos en gran medida de la extracción de los productos frescos y de las campañas pesqueras. Por tanto, hay meses en los que apenas trabajamos. La temporada alta llega entre septiembre y diciembre, un período en el que la plantilla habitual, de unas veinte personas, se multiplica. Pero, insisto, nuestra apuesta es la calidad, y los resultados están ahí: las marcas más boyantes actualmente funcionan de esta forma.