Es Pepiño de Obradoiro

El base, que suma 350 asistencias y es líder histórico del club en este apartado, repasa vivencias desde que llegó a Sar en el verano de 2014


santiago / la voz

«Nunca me llamaron Pepe. Mi padre también es Pepe. En mi casa soy Pepito y aquí Pepiño». Así explica Pozas el tránsito de Málaga a Compostela, hasta convertirse en líder histórico del Obradoiro en asistencias. Lleva 350. Pero no le ha sido fácil llegar y todo lo que ha conquistado lo ha ganado palmo a palmo. En infantiles vivió el primer disgusto, cuando lo dejaron fuera de la cantera del Unicaja. Lo repescaron. También sabe lo que es caer en un último corte en la selección, en categorías inferiores. Las «pequeñas decepciones» no lo desanimaron porque siempre optó por «seguir remando».

Al Obradoiro llegó al segundo intento: «La primera vez fue en mayo del 2013. Estaba en el Clínicas Rincón, en LEB Plata, luchando por el ascenso. En el segundo partido me llamaron del Unicaja para decirme que me iba cedido al Obradoiro. Tenían un año opcional y lo iban a hacer valer. Pasó el tiempo y las cosas no salieron. En Málaga no ejercieron esa opción y me quedé en el Clínicas. Al año siguiente, a mitad de temporada, me fui a Valladolid. La llamada de Moncho me convenció».

Recuerda sus primeros días en Sar, de reencuentro con Rafa Luz, con quien había coincidido en la cantera malagueña, y con Fran Cárdenas, contra el que había jugado «infinidad de veces». Y también se topó con «mucha buena gente que hizo muy fácil la aclimatación».

Recuerda nítidamente su debut con el Monbus Obradoiro en ACB: «Fue contra el Manresa de Pedro Martínez. Era el primer partido de liga, y ya era muy importante, ante un rival que estaba igualmente llamado a luchar por la permanencia. Rafa no podía jugar. Se había lesionado en la final de la Copa Galicia». Por primera vez le falla la memoria, cuando se le pregunta si recuerda sus números, porque no es esclavo de las estadísticas: «Creo que acabé con cinco puntos y tres asistencias». Fueron once y tres. Las tres primeras, a las que han seguido otras 347, y las que están por venir.

El juego de Moncho divierte

Esta es la cuarta campaña interpretando el baloncesto de Moncho Fernández, que encierra sus particularidades: «No es difícil, aunque desde fuera pueda parecerlo, porque tiene muchos detalles. Sinceramente, con lo que más me he divertido en mi vida es con el juego de Moncho. Cuando todos tus compañeros y tú tienen ese concepto interiorizado, es muy bonito y muy divertido. Pagas el peaje de tener que familiarizarte con el sistema, los roles y la excepciones y los matices que quiere Moncho. Cuando lo tienes, controlas al cien por cien todo lo que pasa y lo que va a pasar, sabiendo lo que puede suceder cuando vayas a realizar un movimiento».

Advierte de que el Alquimista de Pontepedriña no es tan fiero como pudiera parecer en los tiempos muertos: «No es el que se carga pizarras. Tiene sus momentos, pero los ha mejorado. Y, a veces, viene bien romper una pizarra».

La sencillez y la alegría de su discurso es la misma que traslada a su juego, quizás la síntesis de dos referentes muy presentes en su manera de entender el baloncesto.

Uno es el base Raúl López, al que conoció de niño en un campus. Le firmó una zapatilla de deporte. Y la temporada en la que se retiró le regaló su camiseta. Está convencido de que, de no ser por las lesiones de rodilla, hubiese dejado una gran huella en la NBA. El otro base militó en el Unicaja, el argentino Pepe Sánchez: «No llegué a entrenar con él, pero lo vi jugar y también tengo una camiseta suya. En Málaga siempre escuché que era un líder silencioso, que siempre estaba cuando al equipo realmente le hacía falta.».

Las referencias de «Maxi, Fran y Matt»

Entre esta campaña y las tres anteriores ha coincidido con más de una treintena de jugadores. Los tres que más lo impactaron son Maxi Kleber, Fran Cárdenas y Matt Thomas. Lo explica: «Maxi es un jugador completísimo, capaz de hacer muchas cosas y todas bien. De Fran me quedo con su capacidad de trabajo. Si todos tuviésemos ese deseo, esas ganas, más de uno nos sorprenderíamos. Matt se asemeja mucho, en la línea de que no hay descanso. Son gente con la que he compartido y comparto equipo, en los que me fijo, intentando animarme para hacer lo mismo. Son los tres que más me han llamado la atención».

Rosmar, afouteza, pailán, escarallarse...

Pepiño Pozas se va familiarizando cada vez más con el gallego y acepta un pequeño test de vocabulario que empieza mal pero va cogiendo color. La afouteza no le suena nada. Rosmar, sí: «Estar todo el día quejándose, viendo las cosas malas que tiene la vida». Cuando le dicen a alguien que es muy riquiño, «es como comentarle que es muy simpático». «Me lo dicen mucho -añade-, pero no me lo creo». Pailán: «Si es como abajo, alguien que dice tonterías, un tonto del haba, mayormente».

Con escarallarse lo tiene fácil: «Nuestro delegado se escaralla bastante cuando baja las escaleras. Se le escucha que parece un elefante en una cacharrería. Y dice, casi me escarallo aquí. También es partirse de la risa».

Con un prea tiene más problemas: «En el sur también se dice. Es como un mentiroso, alguien que está diciendo todo el rato bobadas». Hay cierto paralelismo.

El legado de Chagoyen en la nevera, el talante bromista de Artem Pustoyi

Esta es la cuarta campaña de Pepe Pozas en el Obradoiro. Y a la hora de rescatar alguna que otra vivencia, una de las primeras que le viene a la mente enlaza con el viaje de regreso de Andorra, después de conseguir una victoria que certificó la permanencia en la Liga Endesa: «Paramos en una gasolinera y el presidente pagó las cervezas de todos», aunque hubo uno que prefirió la uva a la cebada: «Maric se decantó por una botella de vino. Le encanta».

Al hablar de las cervezas también aflora otro episodio, con Chagoyen, que le precedió en la capitanía, como protagonista: «Instauró el tema de que Estrella Galicia nos enviase cervezas. No creo que haya nada más importante que eso. La nevera está llena siempre».

La risa y la seriedad

En el vestuario actual, si tuviese que dar el premio al más «carallán» se lo adjudicaría a Pustovyi: «Artem es un tío que siempre está alegre, que siempre está contento. Incluso entrenando sabe cuando tiene que estar serio y cuando puede hacer una broma que ayude al equipo. Creo que es muy importante porque, al final, saber diferenciar momentos de risa y de seriedad, y llevarlo al trabajo, para el grupo y para uno mismo es fundamental».

Y eso a pesar de que el idioma no le ayuda: «Dice Rado que todavía es mucho más gracioso cuando habla en serbio o en ruso, porque dice más barbaridades incluso que en inglés o español».

También Pozas es de los que transmite alegría. No habría más que pedirle que contase alguno de sus chistes. De hecho, en la conversación, se anima con algún ejemplo, pero sin el acento andaluz unido al juego de palabras, al trasladarlo al papel pierde todo el contenido.

En la escritura no hay manera de sacarle la gracia a Marlon Brando en una carnicería. Con el ritmo y la entonación debidas está garantizada la risa.

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