Superando el temor


Más allá de los conocimientos científicos, nuestra costa es rica en advocaciones y temores que se confunden con leyendas. En el caso de las Rías Gallegas, se menciona que la mano abierta de Dios diseñó tal litoral, dónde la Ría de Ribadeo se debe al dedo meñique del creador, mientras los ríos son hogar para ninfas.

Y así el viajero puede disfrutar la tradición oral que refiere: Sirenas. Vigas de oro en Castros Marinos. El sonido del cuerno marino que se confunde con el del viento, en medio de la niebla. Barcos convertidos en piedra. Hasta Martín Sarmiento no pudo evitar la tentación de preguntar al paisanaje sobre las propiedades mágicas de ciertas hierbas que nacen en O Cabo do Mundo. Ciudades anegadas y atalayas con historia de hogueras, para avisar al mareante, o poner en marcha la caza de ballenas, pero a veces para avisar a los habitantes de las aldeas sobre la llegada de alguna flota cuyas intenciones podían ser malas y así acudir a personajes como el Obispo Gonzalo que, con la oración evita la invasión normanda, ahora recreada en fiesta popular por tierras de Foz. Y serpientes que fueron empedradas por milagros de santos.

Muy nuestro es reconocer el temor a las veleidades de la mar: «quen anda polo mar, aprende a rezar». De ahí esas ofrendas que se hacen a Dios, a la Virgen y santos, para eludir el peligro, con promesas o dando gracias por la protección. Son los exvotos. Ante lo desconocido que pueda encontrarse entre las aguas, en sus profundidades, con los cambios de calma a temporal; todo constituyendo la «mitología del agua». Muchos de estos ritos parten del llamado mundo pagano que la Iglesia ha ido cristianizando. Hasta llegar a las oraciones propias de las gentes de mar y las procesiones.

Pero hay algunos exvotos muy explícitos y ligados a la historia de nuestra costa. Así en la Iglesia de Vilaselán parroquia de Ribadeo, hay un lienzo que recuerda como en marzo de 1775 el Paquebote Purísima Concepción, que mandaba José Reguera de la parroquia Santiago de Figueras, Concejo de Castropol, a la salida de Londres, sufre una terrible borrasca que hizo a sus tripulantes perder toda esperanza de salir con vida, encomendándose a Nuestra Señora de Vilaselán que -según reza la tradición- les llevó hasta Ribadeo.

Algo similar ocurre en octubre de 1881 con el bergantín Ana, en su viaje desde El Labrador hasta Cádiz. Su capitán José Rodríguez se ofrece a la Virgen de Vilaselán, llegando a Ribadeo.

Frecuentes son, por todo el Cantábrico, a modo de recuerdo, las maquetas de buques, fotografías de tripulantes, y sencillas pinturas, en señal de agradecimiento por la protección; las más próximas en la iglesia de Santiago de Celeiro o en la capilla dedicada a San Ciprián en tal puerto.

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