Mareas marcelinas

A MARIÑA

PEPA LOSADA

06 mar 2026 . Actualizado a las 13:10 h.

Me vuelve a suceder. Necesito encontrar un refugio. Al igual que cuando en el país de los vascos la violencia se impuso. Cerraba los ojos y con la imaginación o el pensamiento me trasladaba a mi refugio. Regresaba a esta Galicia Cantábrica a la que pertenezco. Curiosamente, uno de los momentos más duros los viví en alguno de aquellos meses de marzo. Había decidido tomar partido en el conflicto. Formé parte de los ciudadanos residentes que no solo rechazábamos activamente la violencia. Tratábamos de recuperar la democracia como fórmula convivencial. El objetivo era esa dama llamada libertad. Una aspiración propia de cualquier ser humano. Sin libertad no hay dignidad. En aquella miserable contienda algunos necesitábamos regresar a nuestro hogar físico y espiritual.

El mundo no sabe vivir sin una guerra. Y aún residiendo en el Fisterra galaico. Tenemos motivos para estar serenamente preocupados. Más aún, si somos ciudadanos con cierto nivel de conocimiento. Entre otros motivos por la inquietud que nos produce la cultura, saber o querer aproximarnos a la verdad. Es aquel malestar que Ortega anunciaba iba en el contenido de la propia cultura. No queremos guerras. No queremos violencia. No queremos imágenes destructivas. No queremos choques entre civilizaciones y mucho menos entre potencias armamentísticas que nos colocan de por medio con el riesgo de ser víctimas colaterales. Pero tampoco disponemos de fuerzas más allá de la palabra. Por eso, sugiero buscar refugio al malestar en la propia cultura, en la naturaleza, en las tertulias entre amigos, en la obra del gran Álvaro Cunqueiro con su mundo fabular, en los recuerdos que mis profesores universitarios describían como mecanismo de auto defensa. Volver a lo bueno y borrar lo malo. Tener fe y esperanza, predicar con la iniciativa al menos en nuestro entorno más cercano. Y perderse con la mirada, como estoy haciendo en este día de marzo, desde mi ventana al norte del norte, en las mareas hoy con fuerte temporal dónde los grises plomizos del cielo están salpicados con los blancos de las rompientes marinas.

Este reino de la lluvia nos acoge. Y mucho más cuando el mundo se tambalea por el cabalgar de los cuatro jinetes del apocalipsis de San Juan. Ahí está la inmortal Mondoñedo en la que seguirá escuchándose el mágico sonido de la Ronda y la Paula desde los Remedios hasta la catedral, bajando por la calle dedicada al Obispo Sarmiento. Ahí está la casco histórico de Viveiro con esa tertulia en viernes que desde hace años se convierte en un foro en torno al mejor de los rioja. Ahí están los domingos en Porto Celeiro, desde el Puntal hasta el Rancho Chico, con esas gentes que describen las mareas cuando eran patrones y acudían al espacio que describió Aldecoa, embarcado para navegar por el Gran Sol. Ahí están hermosas playas dónde se refugian lanchas motoras y me suelo bañar entre sus cabos o sus estructuras de madera, todo ello en Morás; y si te atreves me acompañas hasta el cabo para ver una vez más esos acantilados de «cartón». Ahí está mi querido valle de Cervo, entre A Pousada y O Muíño. Sus gentes han sido y son mis pacientes, pues un médico nunca se retira. Yo les proporciono cuidados sanitarios y ellos me proporcionan amistad con sabiduría cada vez que hacen un comentario a estilo gallego.

Este fin de semana salmos para el erizo. Aun cuando ya no viene de las Cabezas. Esas islas que contemplo desde mi atalaya. En definitiva, salvemos la piel con ese mundo onírico tan gallego mariñano. Necesitamos refugiarnos en las mareas marcelinas para sobrevivir a esos titulares informativos que, una vez más, se hacen con noticias alarmantes de guerra intensa y extensa.