Triste Navidad

Ricardo Timiraos

A MARIÑA

PEPA LOSADA

19 dic 2023 . Actualizado a las 17:05 h.

No, no quiero ver la televisión ni leer noticias en el periódico. Me duelen, me molestan y me pregunto por qué Jesús se empeña en venir cada Navidad a traernos noches de paz y esas maravillosas enseñanzas, si caen en el yermo desierto y su insistencia no recoge apenas fruto. Estoy convencido de que viendo nuestro modo de vivir, se pregunte si valió la pena tan maravilloso ejemplo. Nos enseñó el valor del amor y muchos de nosotros lo hemos confundido con el dinero. La verdad, Jesús, a mí me pareces un extraterrestre.

Y lo cierto es que muchos de nosotros vivimos en una cultura del absurdo, sumergidos en un capitalismo, ya salvaje, ya descafeinado, que no aporta más que consumismo, superficialidad y hedonismo. Es el reflejo de una sociedad vacía, superficial, mediocre, vanidosa y soberbia, a la par que ególatra con ínfulas hedonistas Y, cuando el hombre solo vive para buscar su propio bienestar, ajeno a la necesidad de su entorno o la más alejada desolación de Ucrania y Gaza, guerras que mira de refilón, entonces comprendemos que vivimos en las cajas de cartón de nuestro egoísmo y guardados en celofán como las figuras del belén, en un mundo absurdo de «Barbies» y espumillón, y que la superficialidad se mama en las casas del individualismo con unas gentes que todo lo enfocan a ganar dinero. El famoso rival de Dios.

Decía un filósofo francés que había que observar la vida, no desde la atalaya, sino pisando la realidad de la calle. Y la vida no entiende de fronteras, razas, ni superfluas razones que siempre tratan de justificar maneras de vivir. La realidad es que las torres de turrones, las bagatelas de nuestro particular decorado, nuestros brindis y canciones, no esconden las lacerantes heridas de un mundo sometido por la avaricia a la desolación y el saqueo. La injusticia social es la enfermedad más grave de una sociedad, que de seguir así, está abocada al abismo. Y lo que parece una exageración bien puede observarse si vemos en qué manos estamos a nivel global. No, no es cuestión de revoluciones armadas, ni de discusiones absurdas sobre sistemas políticos, es cuestión de urgentes cambios de mentalidad del individuo que no someta todo al cedazo de la ideología para enfocar nuestras acciones a llevar a la practica esa urgente labor de igualdad social de un modo global. La verdadera revolución está dentro del ser humano, aprendiendo a vivir de otra manera. Y eso conlleva muchísimos cambios en nuestra vida.

Siempre me ha llamado la atención la mitificación del dinero. No, nunca hizo a un hombre mejor que otro, nunca lo hizo más feliz, nunca sirvió para otra cosa más que para comprar. Su mejor función es compartirlo. Cierto que da bienestar físico, que soluciona problemas de nuestro diario vivir, pero también cierto que cuando más bienestar reporta es cuando lo damos. Decía mi genial Tagore: «Llevo dentro de mi un peso agobiante: el peso de las cosas que me sobran y no he dado a los demás» “. Y mientras unos pensamos así, otros viven en un mundo de odios, de fanatismo, de codicia, de filósofos de cuarto y mitad como los pollos, y hasta a los genios de la demagogia les ha entrado la absurda manía de llenar de lucecitas las puertas del campo. Aquí todavía no se creen lo del cambio climático ni Darwin pudo prever la evolución mental de esta época y su dosis de descerebrados. Baste con decir que está de moda ser bruto e ignorante y hasta se suicidan haciendo selfies.

A mí me empieza a pasar como a Diógenes, ya no quiero comprar ropa y también ando buscando hombres porque en mi caminar casi todos son fantasmas, zombis, seres inertes...Pero también observo que, indiferentes, vivimos aceptando que nos gobiernen ilustres inútiles, aceptando que nos dirijan mentirosos que destruyen nuestra sanidad y educación y seguimos votándolos, todo sea en aras de nuestra fe ancestral en la ideología. Agradezco a la ciencia que hayan inventado la inteligencia artificial porque se dan cuenta que la natural no tiene futuro. Todo lo que no se usa se atrofia y hoy vale más una “idea” de influencer que un saco de patatas. El problema estará cuando ya nadie las cultive.

En la sociedad que me toca vivir los días se cubren de espumillón, las comidas de ostentación abundante, el postureo de papanoeles al papanatismo yanqui, los wasap de ingeniosas e hipócritas felicitaciones navideñas... y así una serie de lindezas ajenas a la realidad de las guerras de las matanzas de inocentes. Maldigo a Putin, Netanyahu y a cuantos de una forma u otra alimentan tanta tragedia. Les doy las gracias a quien ayuda en aliviar tanto dolor.

Alguno encontramos que dice: «Lo que allí pasa no es cosa nuestra, no hemos hecho nada, ni nos importa..». A mí sí, a mí me importa mucho y, sin embargo, me veo inmerso en la impotencia. Si en Ucrania me duelen lo muertos, en Gaza los niños que agonizan en charcos de sangre. Todos son sangre de mi corazón. Mi mundo nunca entenderá la violencia porque... ninguna razón la sustenta.

* A mi bienquerido vecino y amigo Marcelino, recordando a su hermana Nieves, en su soledad.