Pandemia de manual, ¿qué ha variado?


Esta semana hizo 18 años de mi regreso a casa. No sólo dejaba Euskadi, también la política y volvía a mi profesión. Quería ser útil a los míos. Tras pasar por Madrid, Barcelona y Vitoria, gestionando servicios públicos para la salud. Con oposiciones que me acreditan como profesor asociado de la UPV en Salud Pública, jefe de servicio en Hospital de Osakidetza, Médico de Familia o Inspector Médico de la Seguridad Social, amén de un amplio abanico de actividades relacionadas con la Gerontología, la prevención del SIDA, o el primer trabajo sobre la transformación del Ambulatorio en Centro de Salud, me tocó legislar para la creación del Espacio Socio Sanitario de Euskadi desde el Parlamento Vasco. Fueron cinco legislaturas en las que compatibilicé mi profesión con mi coyuntural dedicación a la política vasca.

Lo que antecede viene a cuento sobre el particular presente. Las pandemias por virus las conocemos de largo. Su Cadena Epidemiológica con sus consecuencias socio sanitarias. Entonces, ¿qué ha variado? Directamente lo señalo. El Genoma del agente causal. La forma de vida instalada en la sociedad, que va desde la densidad de población por territorio, hasta un modelo económico laboral incompatible con el aislamiento de las fuentes infectadas o infectables (sujetos portadores y sujetos sanos susceptibles). Y lo peor, la invasión por la política del espacio socio sanitario de una enfermedad social, llegando a la miserable actitud de usar como arma arrojadiza las cifras de contagiados, enfermos asistidos y muertes.

Hace unos días me hicieron una entrevista en Radio Voz para Galicia. Puse un ejemplo de los que habría puesto en el Campus de Álava. Cualquiera de ustedes cuando se les estropea un grifo de sus domicilios, ¿a quién llaman, al concejal o al fontanero? Es más, no se les ocurre decirle al fontanero cómo tiene que proceder. Suponen que al ser un profesional, arreglará la avería.

Estamos ante una segunda oleada típica y propia de las pandemias. Con las mutaciones del virus original. Pero sobre todo con una lista de aciertos y errores cometidos en la primera oleada. Nos hemos dado cuenta que el norte de Mario Benedetti es tan frágil como el sur, y que aquellas históricas pestes pueden hacerse presentes por diferentes causas y sobre todo por la propia globalización de la humanidad. Menos mal que disponemos de un sistema público de asistencia sanitaria integral -prevención, diagnóstico, tratamiento, reinserción-. Pero hay al menos tres puntos débiles en el sistema. Hemos roto el espacio socio sanitario. Los servicios y equipamientos para atender el fenómeno del envejecimiento en buena medida no sólo lo hemos desgajado del servicio nacional de salud, es que lo hemos convertido en un nicho económico. La atención primaria -Centros de Salud- están muy alejados en medios, conocimientos y actuaciones de la medicina hospitalaria.

Precisamente algunos que nos dedicamos a la gestión sanitaria, dijimos que las áreas de salud debían cuidar la capacidad y funcionalidad de los Centros de Salud, cargados con burocracias y prestos a practicar medicina defensiva a base de prescripción medicamentosa. ¿Qué pasó con la educación para la salud; qué pasó con ser antenas de los problemas que inciden sobre la salud colectiva, cómo es posible que se dediquen a derivar y casi no resolver? Y en el colmo del marasmo, atención telefónica...

Y la madre de todas las vicisitudes. ¿Cómo hacemos compatible la vida socio económica en la que producimos y trabajamos, con la imposición de medidas restrictivas para la movilidad, sociabilidad, economía basada en la cercanía entre sujetos sanos e infectados silentes? Se les ha pasado la patata caliente a las Comunidades del Estado de las Autonomías (medida de calado político oportunista, sin consultar con los expertos). La segunda oleada, que alcanzará su máximo en diciembre, amenaza con colapsar el sistema asistencial hospitalario. Y lo que sí sabemos es que la vacuna tardará en ser de uso universal y con garantías para crear anticuerpos sin efectos indeseables.

Una vez más. La clase política debería hacerse a un lado. Dejar a los epidemiólogos actuar. Poner en marcha campañas de educación más allá de las mascarillas. Evitar las aglomeraciones. Sumar esfuerzos socio sanitario y no usar la pandemia para derribar Gobiernos.

* Pablo Mosquera. Exparlamentario y médico, exgerente del Hospital de Burela.

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