Juana de Ibarbourou, hija de un muiñeiro de Lourenzá, poeta de América y feminista

martín fernández LOURENZÁ/LA VOZ

A MARIÑA

ARCHIVO DE MARTÍN FERNÁNDEZ

En 1947 fue miembro de la Academia Uruguaya y en 1959 Premio Nacional de Literatura

15 jul 2019 . Actualizado a las 13:34 h.

Su vida fue una bandera con sed de lejanías. Pero el mástil, bien sujeto, le impidió volar cuanto hubiera querido. Nació Juana Fernández Morales, pero se conoce por el apellido de su esposo, el militar Lucas de Ibarborou. Hija de un muiñeiro de Lourenzá, era gallega por origen y elección. Nunca visitó Galicia. No fue feliz. Sufrió violencia doméstica y se hizo adicta a la morfina. Fue transgresora, hermosa, pionera. Está en la historia del Uruguay y de América. Tambien en la poesía y en la Biblioteca de Lourenzá, que lleva su nombre.

«Nunca conocí fiesta mayor que cuando mi padre recitaba, bajo el rico dosel del emparrado, versos de Rosalía. De ahí mi vocación». Eso dijo al ingresar en la Academia de las Letras Uruguayas. Nació en Melo (Uruguay) el 8 de marzo de 1892, siete años después de morir Rosalía. Y allí vivió hasta los 18: «Fue mi paraíso al que no quise volver nunca para no perderlo, pues no hay cielo que se recupere ni edén que se repita», escribió.

Su padre la educó en el amor a Galicia y a la naturaleza, el vínculo telúrico con la tierra, el origen mismo de la morriña. A los 8 años ya escribía versos y a los 20 se casó con el capitán vasco-francés Lucas de Ibarborou con el que tuvo un hijo, Julio César. Se instalaron en Montevideo en 1917 y el éxito le llegó con los primeros libros Las lenguas del diamante, El cántaro fresco o Raíz salvaje.

Maltratada

Y fue entonces, al recibir honores del Estado y elogios de sus coetáneos, cuando empezó su doble vida: en la calle era una gloria y en su casa una mujer maltratada. Su marido murió en 1942 y sólo entonces caminó sin muleta y sin permisos: en 1947 fue miembro de la Academia Uruguaya, en 1950 presidenta de la Sociedad Uruguaya de Escritores, en 1953 nombrada Mujer de las Américas por la Unión de Mujeres Americanas en Nueva York y en 1959 Premio Nacional de Literatura.

No fue feminista. Pero su actitud, sí. Tras enviudar, mantuvo una relación con un médico 22 años más joven: ella tenía 60. Y escribió: «Tómame ahora que aún es temprano/ y que tengo rica de nardos la mano!/ Hoy, y no más tarde. Antes que anochezca/ y se vuelva mustia la corola fresca. / Hoy, y no mañana. ¡Oh amante! / ¿no ves que la enredadera crecerá ciprés?».

Su transgresión sorprendió. Ninguna mujer había escrito sobre el amor con la libertad con que ella lo hizo. El escritor Jorge Arbeleche dice que fue la primera en nombrar todos sus elementos eróticos. Tenía voz propia, personal. Y su literatura se universalizó. En 1934 participó en un legendario encuentro en Montevideo con las tres grandes poetas de América: Gabriela Mistral, la única latina Premio Nobel; Alfonsina Storni, la defensora de los derechos de la mujer; y ella, pionera al tratar el erotismo y al retratar, con sarcasmo e ironía, del papel de la mujer en su tiempo…

Una intensa y profunda relación con Galicia y los gallegos

«Galicia, patria de mi padre, luminosa y grande,/ ¡Qué profundamente te quiero también! / Me crié soñando con tu maravilla,/ No quiero morirme sin verte una vez./ Cuando a tí yo llegue, has de conocerme/ Por el gozo trémulo, por la palidez,/ Por la emoción honda de risa y de llanto,/ Por el verso puro que te llevaré./ Con el niño mío, que también te ama, /¡Oh Galicia mía, hemos de traer,/ A la tierra india que amparó a mi padre/ Algo de tu hechizo y tu placidez».

Ese hermoso poema lo envió Juana en 1963, grabado con su voz, a Lourenzá. El 8 de junio de aquel año su orgullo gallego recibió un homenaje que la emocionó toda la vida: siendo alcalde Eladio Díaz, el concello inauguró la Biblioteca Pública Vicente y Juana Fernández de Ibarborou.