Hace poco tiempo, con esta primavera, se nos fue un amigo, un compañero de la escuela de Don Francisco, un marinero de los de antes?Balbino López Abad, hijo del patrón Balbino de Forxas, que terminó su singladura en el puente de uno de los últimos balleneros que faenaban para Massó.
Babi era de aquella generación de playas dónde enfilábamos a los rumbos, ría con robalizas-chivanas, servicio militar en Ferrol, novia de toda la vida con la que celebraba el Carmen y bailaba en el salón Miramar en la fiesta de invierno, nuestro San Andrés. Cartilla de mar, cabotaje, costeras del bonito y fin de aventuras en O Parrulo del puerto de Alúmina. Un «pixín» moreno-bolicho, de los que saltaba desde el puente de Lieiro a media marea. Un líder que cada mañana, ya retirado, necesitaba contemplar la mar y saber de la evolución del tiempo en función de cómo rulaba el viento.
Esa generación de Babi, sufrió la galerna del 61, en aquellos boniteros de madera comprados de segunda mano a los vascos, hasta que en diciembre de ese mismo año, aquel gobierno que invertía en Cataluña -textil- y en Euskadi -altos hornos y puertos- decide conceder ayudas para renovar la flota bonitera, induciendo a un ingente trabajo en las carpinterías de rivera y el aumento de la flota en nuestros puertos de la antigua provincia de Mondoñedo.
Aquella generación fue la auténtica protagonista del cambio. El reparto de los quiñones a la llegada del otoño, suponía una inyección de riqueza en nuestros parroquias. Se hacían casas, se arreglaban, se emprendían toda suerte de obras y aumentaba el consumo interno, con alegría y dejando atrás los tiempos de escasez con economía de supervivencia, en la que pieza en la Veiga y cortello en la planta baja, permitían ir tirando.
La generación de la paz. Sufrida en medio de un país aislado, controlado por los vencedores de la guerra civil, adoctrinado por el nacional catolicismo, temerosos de Dios y del jefe local del «movimiento». Pero, en la necesidad se hizo la virtud. Trabajar en la mar era viajar y conocer otros mundos, de los que la Galicia del interior no sabía más que desde aquello que contaba el NO-DO y alguna que otra película en la que los marines siempre eran héroes y Norte América -yankilandia- un país para soñar.
Esa generación tuvo su cita con la emigración. Esta vez no viajaron en los vapores que salían de La Coruña o Vigo con destino a Cuba o La Argentina. Eran aquellos viejos trenes de vetustas estaciones, con aire preñado de tristeza con carbonilla, que les ponía con rumbo a la Europa del Mercado Común y la industria. Y así aprendieron francés, alemán, inglés. Muchos cuando venían en verano lo hacían en aquellos «haigas» alquilados para dar santo y seña de lo bien que se les daba. En realidad se trataba de trabajar mucho y gastar poco, para ahorrar divisas.
La generación de mi amigo Babi, se adaptó como ninguna, hasta entonces, a unas transformaciones raudas e increíbles hasta para Julio Verne. Robótica, informática, electrónica, ciberespacio, comunicaciones sin fronteras desde la misma casa, en las que ya no quedaron cocinas de leña hechas en Sargadelos, ni aljibes para disponer de agua.
Babi, Pepe, Dionisio, Marcelino, Ramón, Toñito, Pichito, Jovino, Peto, Cholito, hijos de la mar y el viento, descansan en el campo santo de Santa María de Lieiro?
Se les recuerda en los cantarines, se les nombra en las tertulias del muelle de Celeiro, cada vez que llega un bonitero.