¿C
uántos ciudadanos se sentirán a estas alturas como marionetas presas de un complejo entramado de hilos cuyo final se pierde en las sombras, a muchos metros por encima del escenario imaginario en el que se encuentran? Aquel al que un día convencieron de que con su sueldo y el de su pareja podía pedir un crédito para comprar piso y cambiar de coche y que, tras perder su trabajo, se encontró sin sueldo y sin piso, pero con hipoteca, y se veía como una marioneta cuyos hilos manejaba el responsable de la caja con la que firmó la hipoteca, quizá ve ahora a ese directivo como otro títere manejado a su vez por un Gobierno que marca unas reglas de juego a las cajas y las modifica a los pocos meses alejando aún más el listón que deben superar. Y se imagina otros hilos que sitúan en Bruselas, en Berlín y quizá también en París a quienes marcan a ese Gobierno los objetivos.
El problema es que no está seguro de que el entramado se detenga ahí y no sea el punto de partida de otros hilos que apunten hacia escondidos despachos de altísimos y anónimos financieros y hacia potencias emergentes que cada vez controlan más resortes en una Europa incapaz de hablar con una sola voz.
Cada nueva extensión de los hilos aumenta la sensación de soledad del ciudadano, que, enfrentado a una mareante sucesión de cambios cuyos motivos nadie le explica con claridad, demanda cada vez con mayor urgencia referentes que le den un mínimo de confianza, porque demuestren conocer al menos el terreno que pisan, sin vaivenes constantes en sus decisiones ni promesas etéreas de soluciones que llegarán con las urnas pero no se concretan.