En 1942 González-Miró fundó la primera óptica de Ribadeo. Y hasta hace dos años y medio siguió trabajando en la tienda de Foz, abierta en 1983, que regenta su nieta
21 feb 2010 . Actualizado a las 02:00 h.La primera profesión de Antonio González-Miró (Caraño, Pol-1915) fue la de relojero, y la segunda, la de óptico. La vocación de inventor le ha acompañado siempre y hoy ejerce, afanoso, el oficio de horticultor. En 1936, un jovencísimo González-Miró fundó en Meira la relojería, joyería y óptica Miró, un proyecto que acabó frustrándose por el estallido de la Guerra Civil. «El 2 de abril de 1937 me fui a la mili, en el cuerpo de ingenieros, zapadores, puentes, refugios y trincheras, con base en A Coruña, y de allí pasé, el 16 de febrero de 1938, al cuerpo de transmisiones, en Zaragoza, hasta el fin de la guerra», cuenta.
Su labor consistía en reparar centrales telefónicas averiadas por las tormentas, explica. «Se enteraron de que era relojero y me encargaron este trabajo, después me pasaron a talleres», recuerda. En 1942 se estableció en Ribadeo. El año anterior ya había intentado hacerse con un local en esta villa. De aquel primer viaje recuerda «un accidente, lo más frío» que, asegura, le ha ocurrido en la vida. «Veníamos en coche de línea y al llegar a Vegadeo paró, era de noche, sin nada de luz, salí a orinar... De repente, noto que choco con un poste y veo el río, que para mí era un mar, porque no se veía nada, y estuve a punto de caer. No sabía nadar». La fortuna le acompaña desde entonces.
Un negocio siempre pionero
González-Miró alquiló un local en las Cuatro Calles y montó un negocio de relojería, joyería y óptica. «Estaba solo y puse un anuncio en el periódico porque necesitaba un relojero». El elegido fue Alfredo López Sánchez y por él conoció a su hermana, Antonia, originaria de León, con quien acabó casándose en 1945 en A Coruña. Ella fue quien implantó «la bisutería fina» en Ribadeo, además de trabajar mano con mano con su marido para sacar adelante el negocio. En 1955, cuando los estudios de óptica se reglamentaron y adquirieron rango universitario, Antonio asistió a un curso, en el Centro de Investigaciones Científicas, para homologar su formación. «Éramos cinco mujeres y 30 hombres. En Madrid, en los años 60 había 110 ópticas, cinco en Lugo y cinco en A Coruña», detalla. «De Ribadeo a Viveiro, a comienzos de los 80, no había ninguna y nosotros, que teníamos dos títulos, el mío y el del hijo mayor, Javier, pensamos en montar la segunda, en Foz o en Burela, plazas donde teníamos buena clientela», evoca.
La segunda óptica Miró abrió en Foz el 23 de junio de 1983. «Estuvimos solos durante diez años», evoca Antonia. Al cumplir los 65 años, la edad de jubilación, Antonio solicitó autorización para continuar trabajando y le concedieron cinco años más. «Pero no por eso me subieron la pensión», bromea. Una vez retirado, continuó en el comercio, con un óptico ajeno a la familia de titular. Así hasta que en 2004 se incorporó su nieta Diana, que estudió Óptica y Optometría en Barcelona, «más que nada porque no sabía qué hacer y eso era un trabajo fijo». De sus precursores aprendió el trato con los clientes: «Eran pacientes y muy habladores, la gente aún me dice 'que simpáticos eran tus abuelos'».
El fundador de la saga rememora sus primeros trabajos: «Eran artesanales, con abrasivos tipo esmeril; ahora se emplea diamante y las máquinas son automáticas. Yo compré la tercera de Galicia, había una en A Coruña y otra en Ourense. Los cristales eran planos y el diámetro estándar, de 48/50 mm. Había tres modelos de gafas, redondas, ovaladas y pera, los cristales los mandaban de fábrica con las medidas y formas, procedían de Alemania, Francia y Estados Unidos». Ahora «los diámetros estándar van hasta 80 mm y la forma es cóncava o convexa, de cristal o plástico; antes solo de cristal y algunos de alta calidad, de cristal de roca. Para su análisis se empleaban pinzas de turmalina [que conserva]».
En realidad, Antonio y Antonia, que esperan su segundo bisnieto [han tenido tres hijos y siete nietos], no dejaron de trabajar en la óptica hasta hace dos años y medio. En su faceta de inventor, González-Miró guarda la patente de una máquina para cortar cristales ópticos, trabajo que compartían,??????sentados durante horas. «Pero todo avanzó y ya salieron las automáticas».
Lobos, la escopeta y la higuera
De niño, González-Miró se construyó su primera bicicleta. De su prodigiosa memoria y del papel, donde ha desgranado algunos de los episodios más decisivos de su vida personal y profesional, brotan escenas de la infancia en Pol. La primera vez que disparó una escopeta, aquella ocasión en que se cayó de una higuera o sus dos encuentros con el lobo. Ahora su vida discurre en Ribadeo, en la casa habilitada en medio de las viviendas de sus hijos José Luis y Javier. Antonio y Antonia -«muy presumida», apunta el marido- cultivan la huerta y disfrutan de una tardía pero satisfactoria jubilación.