El ritmo que llegó de Brasil

A MARIÑA

La cafetería Bossa Nova ha escrito un capítulo destacado de la historia de la hostelería de Viveiro entre cazuelas, tortilla y rico chocolate con churros

11 oct 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

El mar llegaba a apenas tres metros de la puerta del local. Después vinieron el relleno y la carretera, que ha ido engordando con más y más asfalto y alguna vez, cuando llueve con intensidad, entra el agua al bar. Encarnación y su hermano Nicanor pusieron en marcha el negocio, en plena posguerra. El Bossa Nova nació llamándose Ocho de Mayo y siendo bar y ultramarinos. Luego llegó el nuevo ritmo brasileño y se quedó para siempre.

En 1965 tomaron el relevo Celia Louzao Rodríguez, originaria de Chavín, y su marido, Manuel Pena Puentes, hijo de Encarnación. «Éramos noivos, el traballaba na base americana de Estaca de Bares e despois marchou a Liberia, seguimos escribíndonos e falando, veu en agosto (de 1965), casámonos en novembro e xa empezamos aquí», rememora Celia. Ya no había tienda y a partir de ahí el Bossa Nova funcionó como bar, pensión y también restaurante.

Hace tres años que cerró la fonda y en enero de 2009, cuando Celia se jubiló y el establecimiento pasó a manos de su hijo Daniel, también suprimieron el servicio de comidas. «Sí damos raciones, bocadillos, platos combinados...», apunta el titular de uno de los bares con más historia de Viveiro. «Con propietarios siempre de la misma familia es el más antiguo, aunque el que lleva más años es el Avenida», precisa.

El primer bar con televisor

El Bossa Nova fue el primer bar de Viveiro con televisor. Y también es el único que cuenta con churrería propia, en la cafetería, desde hace ya 30 años. Los desayunos de chocolate con churros constituyen uno de los alicientes para visitar este céntrico local de la avenida de Galicia, que funciona como after-hours los fines de semana. «Abrimos cuando la gente vuelve de copeteo, sobre las cinco y media de la mañana, vienen aquí a tomar la última o a comer un bocadillo», cuenta Daniel.

La tortilla y los callos de Celia han sido siempre dos de las especialidades de este establecimiento. «Miña nai, Avelina, ensinoume a facer as cousas da casa e aquí aprendín moito con miña sogra, Encarnación, e cunha cociñeira, Evangelina. Cando ela se foi díxolle a miña sogra 'sen cociñeira non vas quedar'». No tardó en confirmarse el talento culinario de aquella joven, que acabó dedicando su vida entera al Bossa Nova, primero haciendo camas y después preparando comida, en Naseiro y en Fin de Año incluso por encargo para llevar.

Daniel y su hermano Javier, que también ayudó en el bar, nacieron y se bautizaron en Chavín; los pequeños, Montse y Juan Manuel están desvinculados del negocio. «Siempre ha sido un bar de clientela muy fija», recalca Daniel, «e toda boa xente», apunta su madre. Desde que se retiró, Celia da largos paseos y disfruta como nunca entre las cazuelas.

Daniel compaginó durante muchos años el trabajo en la cafetería con el fútbol. Bossa, como es conocido por todos, empezó jugando en la Casa da Xuventude y de ahí saltó al Viveiro, el Ferrol, la Leonesa y de vuelta al Viveiro. «Hasta el año pasado estuve en equipos de Regional, como el Xermade y el Muras», comenta; y ahora se conforma con la liga de veteranos de fútbol sala y el gimnasio.

La hostelería exige mucha dedicación. El Bossa Nova abre todos los días del año, salvo el de Navidad y el lunes de Naseiro, desde las seis de la mañana (en invierno cierra unas horas a mediodía). Y Daniel ha heredado el oficio: «Estoy contento aquí, conozco a mucha gente, la clientela es muy buena... Salvo un golpe de lotería, seguiré».