Cuarenta años de oficio

A MARIÑA

Una familia de tradición hostelera se mueve tras la barra de O Recuncho, en Viveiro; un local con clientela fiel que sirve un pulpo y un paté exquisitos

05 jul 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

En la calle peatonal de Viveiro, en los locales que antaño ocupaba la panadería de Víctor, abrió sus puertas O Recuncho el 30 de marzo de 2007. Ya había estado funcionando en otro local de la Avenida Navia Castrillón desde diciembre de 2002, pero tuvo que trasladarse porque el edificio donde estaba se tiró para levantar un bloque nuevo. Es pues una empresa relativamente joven, aunque sus dueños, particularmente Francisco, Paco, como le llaman familiarmente, es de los que han hecho historia en la hostelería de Viveiro.

Lo primero que sorprende del patriarca del negocio es su capacidad para retener las fechas. Desde que empezó, con 19 años recién cumplidos a trabajar con Enrique del Cantábrico (era principios de diciembre de 1968, puntualiza) recuerda al dedillo el día, mes y año en que ha estado en cada empresa. Durante los 40 años que lleva al pie de la barra, con solo un intermedio para hacer la mili y los dos años y pico que estuvo en el paro, trabajó en la Cafetería París, el El Puntal de Celeiro y La Taciña y luego se puso por su cuenta.

Hijo de una familia de labradores de Galdo, señala que la única relación que tenían en su casa con la hostelería era cuando su padre, por las ferias, ejercía de tabernero para ayudar a un amigo. Él en principio no tenía intención de dedicarse al oficio, de hecho estudió maestría en Viveiro, donde obtuvo el título de oficial industrial tornero, una profesión que a pesar de estar bien pagada entonces no acabó ejerciendo, metiéndose a camarero.

Toda la familia coincide en que se trata de una profesión muy sacrificada. «O que máis boto de menos é non poder estar coa familia, non había vacacións nin días libres», señala Paco y su mujer le respalda apuntando que lo normal es cerrar a las dos de la mañana para volver a abrir a las ocho y en día de apuro, peor: «Temos saído ás sete da mañá e ás dez volver», afirma Consuelo.

Sin embargo están satisfechos: «A nivel personal, ver que o sacrificio de toda a vida está dando resultados satisfactorios e ver ó cliente contento é moi bo», señala Paco, reconociendo que ponerse por cuenta propia ha sido un paso decisivo.

En ello tuvo mucho que ver su mujer Consuelo y la única hija que no se dedica al negocio, Almudena: «Dímoslle o empuxón, busqueille eu o local e fómonos para alí e este tamén o vin buscar eu», afirma la esposa.

La clientela de O Recuncho es diversa y muy fiel, señalan, con gente que viene a diario a tomar el café o las tazas, otros a jugar la partida, otros a comer los productos de la carta. Pulpo y paté de mejillón son especialidades de la casa, donde dan también un raxo y una ensalada de jamón exquisitos. Consuelo guarda silencio cuando le preguntan el secreto de los platos, solo menciona que lo principal es la buena calidad.

Dice Paco que en los 40 años que tiene de oficio ha cambiado mucho el negocio y los gustos y hasta las actitudes: «Hoxe non hai esa agresividade que vin nalgunhas épocas», señala.

Recuerda la importancia que tenían antaño las ferias y mercados: «Viñan buses de Foz, A Rigueira, Chavín, O Valadouro _O Fardo_ e a partir das oito e media da mañá estaba aí a xente tomando cafés. O Cantábrico fixo moitísimo café e no París unha locura, facían más de tres kilos ó día; eu tiña fama de facelo moi bo, igualito que o fillo. Aparte do núcleo de Viveiro, tivo moita contribución a xente do rural». Opinión que comparte Consuelo que destaca también la satisfacción que le produce ver en su negocio a la gente de Viveiro, del casco. De los clientes con los que se sienta por las tardes a jugar la partida, dice que los aprecia tanto como si fuera su familia.

Puestos a elegir, consideran que Semana Santa y el verano son los pilares de la hostelería en Viveiro; el récord de ventas lo hicieron un Jueves Santo, un viernes de Naseiro y el sábado del año pasado de la Festa Renacentista. Un día fuerte pueden servir hasta 50 kilos de pulpo.

Iván y Mónica, las astillas de la saga, empezaron en el negocio familiar casi sin enterarse, por echar una mano en momentos de apuro.

Mónica comenzó en el oficio en la cafetería del Instituto Vilar Ponte durante los recreos; luego se marchó fuera a estudiar y a su regreso compaginó como dependienta en una tienda de ropa, en el Karaoke, en el Vivero y con sus padres. «Me gusta esto, o problema son os horarios», afirma, señalando que lo de trabajar para la familia tiene de bueno que gozas de más consideración, pero lo malo, bromea, es el exceso de confianza.

A Iván lo que más le atrae del oficio es la relación de complicidad que tiene con la gente. Lo peor, coincidiendo con su hermana, dice que son los horarios. En su caso le resta tiempo para dedicarse a la pintura, una pasión para la que precisa tiempo y cierta relajación. A lo de trabajar con la familia le ve más ventajas que desventajas, entre las primeras,: «Que traballas para a familia e traballas para ti», afirma.