A un político no se le juzga por lo que dice; casi todos serían buenos. Se le valora por lo que hace. Y, como cuando afrontas una relación personal, la primera impresión puede ser un buen presagio, aunque no necesariamente. El nuevo conselleiro de Cultura, un diplomático con experiencia en la gestión cultural, tiene una ventaja que sería bueno que cultivase: no habla como un político.

Aunque eso le puede traer problemas, porque la perífrasis, la vacuidad y la impostación son las armas preferidas de los políticos que creen que lo mejor que se puede hacer con un problema es evitarlo. O envolverlo en un celofán de cinismo para endosárselo al primero que pase. Claro que después de hablar con claridad hay que ponerse a trabajar y acertar en las decisiones. Por eso se podrá juzgar a Roberto Varela, y a todos los demás, cuando empiece a actuar.

El conselleiro ha dicho ya algunas cosas que le van a costar la acusación de alentar el autoodio, un mal para el que quizás sus cosmopolitas antecedentes profesionales y personales le hayan aportado el antídoto. Está fuera de duda que la Xunta tiene la obligación de promover y difundir la cultura gallega. Pero tampoco ofrece discusión que, con frecuencia, se cuelan autores mediocres y obras insufribles (o viceversa) en los programas de subvenciones por la única virtud (que lo es) de estar hechas en galego. «No meu mandato proxectarei a cultura que se fai aquí, sexa quen sexa, na lingua que sexa». «Aquí hai músicos boísimos que, como son de fóra ou tocan o violín, non se lles está facendo caso». Son dos frases de alguien que se confiesa admirador del poeta Méndez Ferrín, que es amigo del pintor Francisco Leiro y mentor en Nueva York de la gaiteira Cristina Pato.

La proyección de la fuerza creadora de un país pequeño como Galicia es difícil. Pero desde luego se convierte en imposible con los dos modelos practicados hasta el momento: el rancio y el sectario.