En Viveiro reside desde hace medio siglo la segunda mayor comunidad de esta etnia de la provincia lucense, integrada ahora por algo más de doscientas personas
30 mar 2008 . Actualizado a las 03:00 h.Uno de cada cien vecinos de Viveiro son gitanos. En el padrón municipal figuran 206 personas de esta etnia, la segunda mayor comunidad de la provincia, solo por detrás de la asentada en Lugo. En el resto de los municipios mariñanos, la presencia de ciudadanos calés resulta poco significativa, con la excepción de Ribadeo, donde habitan unas pocas familias.
La población gitana de Viveiro se concentra en dos barrios de viviendas sociales, O Pedregal, en Covas, y las conocidas Casas Baratas, en Celeiro. Otros viven en el casco histórico o en Cantarrana. De los 206 censados en este municipio, 104 son hombres y 102 mujeres. Por tramos de edad, de 0 a 12 años, se contabilizan 70; de 13 a 15, 7; de 16 a 29, 53; de 29 a 64, 70; y mayores de 65, 6. Desde su llegada a Viveiro, hace más de medio siglo, han crecido aquí hasta cuatro generaciones calés.
Los viveirenses de etnia gitana se dedican, principalmente, a la comercialización de chatarra, la venta ambulante y la recogida de caracoles. Algunos trabajan como peones en la construcción y otros en servicios dependientes del Ayuntamiento, como la recogida de basuras y la limpieza viaria. En temporada de vendimia, hay quienes se desplazan, de manera temporal (dos o tres semanas al año), a diversos puntos de Galicia o de otras comunidades con producción vinícola.
«Aquí non hai chabolismo»
Nuria Chao Vidal, trabajadora social del Plan Nacional de Desenvolvemento Xitano de Viveiro, que se gestiona a través del Concello con financiación de Vicepresidencia de la Xunta de Galicia, no observa problemas de convivencia entre payos y gitanos. «Nin os houbo antes nin os hai agora», asegura. La situación no se asemeja nada a la de los poblados de Penamoa o Monte Porreiro, «porque, para empezar, aquí non hai chabolismo».
Miembros del colectivo constatan los obstáculos que se topan para lograr la inserción laboral. No obstante, apuntan, en ocasiones, sus vecinos payos tampoco lo tienen fácil, «en estos tiempos de vacas flacas que están viniendo», apunta Alonso. También han de superar trabas a la hora de encontrar vivienda estable a un precio económico (casi ningún propietario quiere arrendar un piso todo el año), otra batalla compartida con el resto de la sociedad viveirense.