Milagro en el túnel 14

Luis Díaz
Luis Díaz MONFORTE

A MARIÑA

ALBERTO LÓPEZ

Crónica | Un choque de trenes en Padornelo, 33 años después El maquinista José Gonda salvó su vida y de la muchos viajeros por un golpe de fortuna

08 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

El tren correo se adentra en las entrañas de uno de los túneles del mítico Padornelo, el número 14 en la jerga ferroviaria. Son las seis de la tarde, pero parece que lleva ya muchas horas viajando de noche. La niebla lo acompaña desde la salida de la estación de Ourense y al entrar en la provincia de Zamora el paisaje es un manto de nieve. José Gonda guía la máquina. Todo responde al guión hasta que en un movimiento inconsciente apaga el conmutador de la luz del faro. De frente, a la salida del túnel, vislumbra un foco de luz. No puede ser el sol. El conductor tira del freno y arrastra a su ayudante a la sala de máquinas. Por un golpe de fortuna, salvarán la vida. Tal día como ayer, hace 33 años el maquinista monfortino José Gonda salió milagrosamente vivo de uno de los accidentes más aparatosos de la historia del ferrocarril en España. El 8 de enero de 1972, pasadas las seis y media de la tarde, colisionaban entre las estaciones de Requejo y Lubián, en el límite de las provincias de Zamora y Ourense, un correo que hacía el trayecto entre esta última estación y Medina del Campo, y un mercancías que circulaba en dirección contraria. El choque se saldó con cuatro muertos y numerosos heridos, pero el balance habría sido más trágico sin el manotazo casual que permitió detectar uno de los trenes. «Cuando volví en sí, yo y mi compañero estabámos aprisionados. No se veía nada por los gases. Oí gritar en el túnel y pedí auxilio. Tenía un brazo amarrado y quería que me lo cortasen para escapar. Todo estaba ardiendo, aquello era el infierno de chatarra», recuerda Gonda. Tendido en la nieve Minutos después estaba tendido en un saco sobre la nieve, en un descampado próximo a la salida del túnel. La ayuda que les prestó un teniente de la Guardia Civil no se le olvidará en la vida: «Se fue a la carretera 525 y volvió con un taxi que regresaba a Madrid para sacarnos de allí. El pobre hombre que lo conducía estaba acojonado al circular por aquella pista de montaña, toda nevada. No sé ni si le darían las gracias». El teniente de la Guardia Civil puso un telegrama a la familia de Gonda desde Puebla de Sanabria, donde recibió las primeras atenciones. El texto era escueto, pero suficiente: «19.20. Estoy bien». Para entonces, las llamas habían terminado de devorar los restos de las máquinas en el túnel de Padornelo. Cuatro fallecidos Las primeras horas después del accidente fueron caóticas. Las furgonetas que hacían el servicio de ambulancias apenas circulaban con la nevada y el tren de auxilio que había salido de la estación de Ourense tardó más de cuatro horas en llegar al lugar del siniestro, un retraso incomprensible que denunció la prensa de la época. Muchos pasajeros que huyeron aterrorizados del tren después de la colisión permenecieron horas perdidos en el monte. Los fallecidos fueron el maquinista del mercancías y su ayudante, y el jefe del tren y un encargado del servicio de viajeros en el convoy de viajeros. Milagrosamente, Gonda y su ayudante, Luis Arroyo, sólo resultaron heridos. «A veces dudo si apagué la luz inconscientemente o algo me mandó hacerlo, pero fue la única forma de saber que venía un tren de frente», reflexiona. Héroes en el tintero Renfe dio a conocer tras el siniestro una lista de menciones honoríficas por comportamientos ejemplares. Abundaban los mandos de despacho, los elegidos con el índice de la derecha, que dice Gonda. Los verdaderos héroes quedaron en el tintero. Pero ésa es otra historia. Gonda pertenece a la generación de maquinistas que se formaron en la época del vapor, cuando Renfe tenía en Monforte 1.406 trabajadores. Dos ferroviarios estaban entre los pasajeros del correo accidentado: Ángel Rodríguez y Francisco Jaén. Ellos auxiliaron al maquinista y su ayudante cuando estaban atrapados en la cabina. Gonda terminó de recuperarse de sus graves heridas en el hospital de Renfe en Madrid, después de un rocambolesco viaje en tren desde Zamora, donde había sido hospitalizado. Sin kilómetrico ni DNI, pero aún maltrecho, tuvo que pagar sendos suplementos de 114 pesetas para acomodarse con su esposa en un vagón de primera. Luego, como gracia especial, recibió 7.554 pesetas para ropa.