La penúltima copa

A MARIÑA

LA TRIBUNA | O |

07 ago 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

PASEABA por Viveiro de madrugada. En su estómago, una jaula de grillos, se revolvían no menos de una docena de cubatas. Cada vez que respiraba sentía una arcada de fuegos artificiales y al ver la puerta de un pub abierto, con el valor que otorga la inconsciencia, se pasó la mano por la barriga y como si hablase con ella le dijo: aún te entra una copa más. Y allá fue. El camarero -dichoso trabajo en el que además de servir tienes que aguantar al cliente, lo cual, en rigor, son dos trabajos-, sonrió al ver entrar a aquel chaval que dando tumbos se apoyó en la barra y a duras penas pidió larios con tónica. Sin limón, puntualizó. Bebió por beber, una vez más, y salió doblado. Al llegar a un semáforo algo se cruzó en su cabeza y la emprendió a golpes. Después, ya en el paseo marítimo, le dio por levantar todas las arquetas. Una a una, golpeándolas porque sí. Porque no había ligado. Porque estaba harto de esa rutina. Porque estaba borracho perdido. Porque era un buen chaval y, en esos momentos, daba pena. Porque estaba absolutamente frustrado consigo mismo. Al volverse y ver las arquetas destrozadas se preguntó, ¿qué coño hago? Se detuvo un instante. Y sintió la fría realidad de sus 21 años.