Testimonio | La violencia doméstica en primer persona Una mujer de A Mariña ha querido contar la odisea que vivió con su pareja en los últimos años: trató de ser su brazo derecho pero acabó siendo víctima de malos tratos
21 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.?l lugar de la entrevista es un bar, semivacío a media mañana. Ella pide café con leche y comienza a contar su historia. Para los lectores será Mara, nombre ficticio porque ella ha pedido permanecer en el anonimato y tampoco se da su localización para evitar posibles consecuencias al exponer su historia personal. Una historia tan lamentablemente extendida: «Son unha muller maltratada». La violencia doméstica es una lacra social, sin duda. Varios años antes, afirma, era una espectadora más de esos casos en los medios de comunicación. Pero pasó a vivir el suyo con su pareja: «Isto hai que vivilo, coñecer cada caso particular». Mara le conoció, señala, como «unha persona normal, guapo, sen saber e sen presentir que sufría unha adicción, unha enfermidade». Transcurrido el primer año de convivencia, la relación fue perdiendo el horizonte. Según la versión de ella, su compañero dejó de contribuir a los gastos de la casa, comenzó a pasar días seguidos fuera del hogar que compartían ambos. «Pedíame axuda e eu lla din, acudindo a centros para que recuperara. Estuvo un tempo pero deixábao. El é unha persona que necesita moito tempo para curar». Mara trató, dice, de echarle una mano en múltiples ocasiones, incluso después de intentar cortar la relación: «Pero el pedíame perdón, había altos e baixos». Mara lamenta que las estadísticas digan que bastantes mujeres volverían con quienes las maltratan. Defiende su situación particular: «Quería axudalo simplemente». Con el tiempo descubrió en su pareja una personalidad «dominante e agresiva». Con las primeras agresiones, señala Mara, fue a la Guardia Civil. «Na primeira puxéronlle unha multa». Fueron diversas ocasiones, dice, las que le denunció por presuntos malos tratos y una «foi só un intento». Se emitió orden de alejamiento y dejaron de vivir bajo el mismo techo. Pero las llamadas al móvil eran continuas: «Me buscaba, incluso ó traballo, e atopeime en situacións nas que estaba soa con el. Tiña medo de que me puidera facer algo. Prometíame que se iba a curar». En un nuevo proceso de rehabilitación, ya más calmadas las aguas -«viao dialongante»-, apunta que volvió a intentar ayudarle: «Volvín a facer un esforzo pero non colaborou». «Daquela xa entendín que aquelo era unha tomadura de pelo e dinme de conta da facilidade que teñen para mentir. Naide minte coma un maltratador». Con todo, Mara decidió dar una oportunidad más, que después se comprobaría que sería la última. Una noche durmió en su casa, en una habitación separada, «e eu sen móvil, totalmente incomunicada». Mara no tuvo más alternativa que poner fin a esa relación. «Outro día, xa o final, abrín a porta, apareceu e me agredeu. Logrei escapar da miña casa sen chaves, en bata de casa... Se non me escapo e non vén a Guardia Civil e uns amigos meus non o contaba». Recibió asistencia sanitaria y hubo vista judicial, dice.