HABÍA NACIDO EN el mes de septiembre de 1927, cuatro meses después de mí. Había ingresado en el Seminario de Mondoñedo en 1939, un año antes que yo. Y había sido ordenado sacerdote en el 1952, el mismo año que yo, con algunos meses de diferencia: yo el 31 de mayo, en Barcelona, y él en diciembre, en Salamanca. El año pasado habíamos celebrado juntos las bodas de oro sacerdotales, que nos organizó Ramón Marful, actual párroco de Burela. Y hoy, 22 de octubre de 2003, yace su cuerpo exánime en el tanatorio Virgen del Carmen, en su parroquia natal. Descansa ya su cuerpo herido por la enfermedad desde hace varios años, y se expansiona su alma en el Cielo, con Jesucristo resucitado, sus padres, sus hermanas, sus amigos, sus profesores y compañeros de Mondoñedo y de Salamanca, en cuya Universidad Pontificia se había licenciado en Teología. Había sido durante media docena de años cura del Yermo, en la comarca de Ortigueira; y cerca de 40, párroco y capellán del Santuario, de Nuestra Señora de los Remedios, en Mondoñedo, donde gastó su vida hasta que, sitiéndose muy enfermo, pidió el cese al Obispo y se retiró a su casa natal de Burela, consagrando sus últimos años a la tarea de desentrañar la historia de su pueblo, buceando en los archivos, para dejar constancia, en un libro -todavía inédito- no sólo su reivindicación histórica, sino su amor apasionado por Burela. La corporación de munícipes lo había nombrado Cronista Oficial, y él quiso dejar su crónica comenzada y bien fundada, para que los que le sigan la continúen y sepan de donde partimos y hacia donde vamos. Ese pudiera ser el perfil biográfico de Ricardo Pena Domínguez. El perfil humano habría que recortarlo por las marcas de su temperamento colérico y explosivo, reprimido muchas veces, y con facilidad -hay que decirlo-, y por la ternura de su corazón compasivo, capaz de sacrificarse por quien quiera que le pidiese un favor. No sabía decir que no. Era generoso, tenía muchos amigos. Blando de corazón. Pero también era firme en sus convicciones, estudioso y amigo de polemizar. Fue profesor en el Seminario y el Instituto de Mondoñedo. Y su personalidad no pasaba nunca inadvertida ni por sus compañeros ni por sus alumnos. Firme en la fe, tenía a veces ciertos escrúpulos por no poder hacer ciertos deberes. El Domingo, 12 de octubre, fiesta del Pilar, fui a visitarlo, y estuve charlando con él un ratito. Y, entre otras cosas, me dijo: «Tengo sin rezar Maitines, y no estoy a gusto...» Yo le sugerí: «Si fuera otro el que estuviera en su lugar, tú le dirías que estuviese tranquilo, pues ninguna obligación tendría de hacer el esfuerzo de leer, estando tan delicado». Pero la delicadeza espiritual nos pone siempre en la frontera de lo posible. Y uno no es buen juez de sí mismo. Ni quiere serlo... Contaba, por otra parte, con pasar un mes, por lo menos en el sanatorio, y me enseñó unos libros de espiritualidad que quería llevar para releerlos. No se le dio esa oportunidad. Lo llevaron al sanatorio... Se quedó dormido... Y despertó para descansar en la paz eterna.