LA TRIBUNA | O |
03 sep 2003 . Actualizado a las 07:00 h.¿QUÉ HACE un adolescente de 14 años a las cinco de la mañana en la calle? ¿De quién es la culpa de que chicos y chicas en edades que suelen mal llamarse del pavo se vean implicados en tremendas historias de violencia, vandalismo, comas etílicos...? La adolescencia lleva aparejada rebeldía, inconformismo, pero también curiosidad por probar y experimentar un mundo que a esa edad todos nos hemos puesto por montera.De lo más normal. Tener un pre o un adolescente en casa es complicado; es cuando más se nota la ruptura generacional entre los padres y los hijos. Hay miedos, por un lado y por otro; unos porque creen saber lo que el mundo esconde, y otros porque las ganas de disfrutarlo son tantas que desbordan. Encontrar el equilibrio entre posturas y deseos es un reto, a veces tan duro, por insistente, que los padres optamos por dejarnos ir con la corriente, por aquello de que «los de los otros también lo hacen», y entonces, a las 5 de la mañana hay un chico de 14 o de 15 en la calle; y de repente pasan cosas lamentables. Y ahora, ¿qué pasa? Lo inmediato es buscar un culpable, y lo fácil echar mano de la tan manida sociedad. Ya. Como si no fuéramos nosotros parte de ella.