El grupo británico firmó un pase mayúsculo en el festival Atlantic Fest de Vilagarcía de Arousa que dejó impresionado al público
21 jul 2025 . Actualizado a las 20:03 h.Hubo muchas cosas bonitas en esta edición del Atlantic Fest de Vilagarcía de Arousa. Desde ver cómo emprende el vuelo en el escenario una propuesta tan excitante como Luz Futuro (los próximos Alcalá Norte, auguran algunos), hasta constatar que la fragilidad vaporosa de Pablopablo funciona también en las tablas. De sentir la descarga eléctrica de unos The Jesus & Mary Chain que finalmente sacaron el látigo con Reverence, a la lección de historia contemporánea del rock impartida por unos Primal Scream en modo totalmente funk-soul. Y, cómo no, confirmar una vez más la maestría de Xoel López en el formato festivalero corto, dándole igual tirar de su repertorio de Deluxe como del que va a su nombre, así como recertificar a Quique González como figura esencial del rock nacional, capaz de petarlo incluso a las dos de la tarde. Ah, y también Los Planetas, para los valientes que resistieron bajo la lluvia torrencial, gozando de un concierto con muchos rescates de joyitas no habituales en un concierto para fans.
Lo dicho, una variedad de pulgares arriba ante lo que se pudo escuchar. Pero hubo una actuación que este año sobresalió por encima de todas las demás. Si se debe guardar un concierto en un lugar muy especial del corazón, la plaza se la lleva Slowdive. Pocos retornos de la oleada nostálgica del indie de las dos últimas décadas han resultado más felices que este. El de la banda que en 1994 se disolvió porque no conseguía llenar las pequeñas salas en donde actuaban y que, en la actualidad, tiene a miles de personas delante allá donde va. En la primera jornada del Atlantic Fest se respiraba una excitación especial respecto a ellos. Y lo que hicieron fue coger ese manojo de nervios bajo la piel de un público que augura algo grande y convertirlo en puro placer. Gaseoso, externo y colectivo, flotando como una neblina de gozo en la playa da Concha de Vilagarcía.
Los discos de Slowdive siempre han ido ligados a adjetivos que abstraían más que calificaban: onírico, ensoñador, atmosférico... casi como pretendiendo aprehender lo imposible en una palabra, que siempre se quedaba lejana. En directo, se materializa ante los ojos atónitos de miles de personas encantadas de volar como un Peter Pan haciéndose paso en nubes de ruido, ora azul, ora blanca, ora púrpura, como los maravillosos visuales que los acompañaban. Con un manejo del sonido total y una ejecución impecable, empezaron con su material reciente (Shanty, de su último disco, y Star Roving, del antepenúltimo) y lo ligaron con los temas de los noventa, como Catch the Breeze y Souvlaki Space Station. Todo fluía. No había diferencia. Las piezas de diferentes etapas mantienen el mismo nivel de excelencia, demostrando que late como una banda viva, con un corazón que late en presente y no se limita a recrear un pasado glorioso. Al contrario, el hoy de Slowdive emerge con una belleza madura y serena que se ha mantenido firme, como un clásico.
Con Rachel Goswell y Neil Halstead intercambiando las voces hasta fundirlas en un torrente andrógino, no sobró ni un solo segundo de la actuación, que en su segundo tramo entró definitivamente en el terreno del delirio. La tripleta de Alison, Machine Gun y When the Sun Hits resultó puro éxtasis. Y el apoteósico final, con la emoción convertida en ruido de Golden Hair y Syd Barrett proyectado a sus espaldas, fue para subir al escenario, darles un abrazo enorme y decirles: «Gracias por volver».