Andaba el lobo, el muy astuto, esperando la llegada de Caperucita para zamparse, de una tacada, a la abuelita y a ella.
Subiría a la casa de la anciana por el atajo antes de que llegara la nieta a darle los dones a su adorada abuelita. Cuál no fue la sorpresa del animal al ver que llegaba Caperucita conduciendo un patinete en dirección al hogar de su abuela. Sin tiempo para reaccionar, salió como un bólido por un atajo. Debía llegar antes que la niña, de lo contrario, su plan se vendría abajo como el derrumbe de un edificio en ruinas.
Cuando llegó, todo sudoroso y sin resuello, vio en la puerta de la casa a Caperucita y a la anciana, que aparecían muy alegres. No sabía cómo argumentar su presencia. Ni tiempo que le dio: al momento la niña sacó una escopeta que comenzó a lanzar balines como una ametralladora y todos hicieron blanco en las carnes del intrépido lobo, que tuvo que huir de allí como si le azuzara un vendaval, mientras las dos mujeres se tronchaban de risa y, por una vez, se mofaban del fiero animal. Al fin se la habían dado con queso.
Ya en la espesura del bosque, el lobo no sabía dónde esconder su bochorno y lamer su orgullo herido. No entendía bien cómo había sido burlado y vencido tan rotundamente. Tendría que examinar las causas, de las que no iba a salir bien parado. Durante muchos años se creyó el rey del bosque, al que nadie le podía toser, al que todos le debían pleitesía por ser el más feroz, el más temido, el más audaz. Y así se había adocenado, dormido en los viejos laureles, viviendo de rentas pretéritas, siendo ahora el hazmerreír de todo el bosque.
Para esconder sus vergüenzas, curar sus heridas y planificar su futuro, se retiró a una guarida recóndita donde no lo viera nadie. Tras días de reflexión llegó a la conclusión de que tenía que ponerse al día como lo había hecho Caperucita, que no caminaba a pie sino que lo hacía en un patinete, que no portaba la cestita sino una mochila, que en lugar de un gorrito llevaba un casco para proteger la cabeza…
«¡Despierta trenco, despierta!», se dijo, «vives en el siglo XXI y tienes que modernizarte. Salir del terruño, darte un garbeo por la ciudad, ver escaparates, entrar en cafeterías, participar en algún sarao, hacer amigos, urbanizarte… Claro, tendrás que cambiar muchas cosas, comenzando por el careto. Dulcificar más el hocico, los duros colmillo, la fiereza de los ojos, tonificar la voz. Realizar también todos los trámites en el Registro civil, DNI, etc, para adquirir la condición de ciudadano lobo, con todos los deberes y derechos. Más tarde iniciar la etapa educativa en centros especializados, obtener el carné de conducir, partícipe de una asociación cultural, voluntario en una ONG… Deseo que la sociedad perdone mis fechorías. Yo seré el hermano lobo, que ansía confraternizar con toda la buena gente».
Francisco Blanco Rodríguez. Jubilado. 78 años. A Coruña.