Asco de verano


Suele pasar siempre el 31 de agosto, a veces el 1 de septiembre, que me doy cuenta de todas las cosas que no he hecho. También de cómo sin querer me he convertido en un tópico con piernas paseando ajeno a mi condición.

Todo empieza en abril, cuando tras la décimo segunda lluvia torrencial suspiro: «¡A ver si llega el verano de una maldita vez!». Pero, claro, el verano llega y no recuerdo las tardes en que la espalda termina pegada de manera furiosa al escay de mentira del sofá barato. Los olores a humanidad que se escurren por las paredes de los bares de copas y los viciosos mosquitos nocturnos, los que te avisan prepotentes y a oscuras zumbando en tu oreja de que te van a picar.

Y yo ahí, pasivo e inútil ante el cruel ataque.

El deseo de verano se me va consumiendo cada fin de semana de julio en que maldigo haber cancelado cada visita al gimnasio, cada vez que la poca piel casi flácida de la barriga y los pechos me miran tristes cuando los escondo debajo de la camiseta, la misma que tapa todos los pelos del ombligo que juré quitarme el pasado abril.

Incluso prometí madrugar y hacer deporte, pero en realidad era mentira, y el «este año no, este año es de verdad» me adelanta feroz por la derecha mirándome burlón por el rabillo del ojo. Y debajo de la sombrilla la cerveza se calienta porque, una vez más, no fui al chino de al lado de casa a comprar la nevera de playa. Tampoco el altavoz Bluetooth.

Así, sin darme cuenta, el 28 de agosto pido que me pongan el aire acondicionado en el bar de abajo y me sorprendo vencido por el verano que tanto deseé meses atrás, diciéndole al camarero: «¡A ver si llega ya el invierno!».

Y un día se acaba el calor y dos semanas después solo puedo pensar: «Ojalá vuelva a ser verano de una maldita vez». Un tópico con piernas.

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