Algunas torturas funcionan como tradición ineludible. No diferencian entre clases sociales, religión o edad y en muchos casos vienen disfrazadas de costumbres rutinarias. La tortura de hacer la digestión es mucho peor incluso que la canción de esa cantante colombiana.
No conozco a nadie al que se le haya cortado la digestión por bañarse después de comer, ni por eso ni por otro motivo que no fuese echarle cacaolat al whisky y la soledad de toalla que te golpea sin remedio es un castigo demasiado duro para un mito que nadie me ha demostrado todavía y que, me temo, nadie hará.
No sé, desde la tonta perspectiva del paso del tiempo, cómo fui capaz de superar aquellas dos horas diarias donde la arena de playa funcionaba como prisión de máxima seguridad. Conseguía escaparme alguna veces, en la siesta, cuando todos roncaban, pero el infalible instinto maternal se despertaba brusco y mandón obligándome a sacar el pie derecho del agua, a volver vencido y humillado al hueco de debajo de la sombrilla.
Destierro exagerado y cruel. Me creí ingenuo aquella mentira durante más años de lo debido, cultivaron en mí el temor digestivo a base de horas inútiles de aislamiento infantil. Controlar al niño. Limitarle la libertad. Tortura excesiva para esa edad en que uno solo quiere correr por el simple placer de hacerlo.
Fue mi tío Juanito el que me explicó que todo en la vida tiene cura propia, que al menor síntoma de pinchazo en el baño de sobremesa él se iba al chiringuito, y tres ginebras con cola -que tienen mucho azúcar- eran suficientes para calmar las sensación de dolor. Una firmeza aplastante en sus palabras me convenció. Así lo hice durante los siguientes viajes adolescentes a la playa. Nunca más pude distinguir la náusea de la digestión y la del vómito de la ginebra.