«Llevamos el féretro de un chico cuyo padre se salvó»

Cinco amortajados desfilaron en ocho ataúdes en la famosa procesión de Santa Marta de Ribarteme

Así se vivió la «romería de los muertos» de Santa Marta de Ribarteme Un año más, el desfile de los ataúdes provocó una enorme expectación

Antes de que termine la misa de las doce, las familias se sitúan alrededor de nueve ataúdes colocados en posición vertical en un lateral del santuario. Uno de ellos es sufragado por una vecina de A Coruña. Les rodean periodistas de varias cadenas nacionales e internacionales. El párroco Alfonso Besada tiene constancia de que este año estuvieron la mexicana Televisa, un canal ruso y otro alemán. El New York Times vino el año pasado. Una periodista germana estaba desesperada porque no lograba entrevistar a un ofrecido. Son discretos y callan sobre su promesa.

Tres vecinos de As Neves que portaron un ataúd comentaron los motivos de su amortajado, un joven de Madrid. «Llevamos el féretro de un chico cuyo padre se salvó de una grave enfermedad. Se ofreció a Santa Marta si su padre se curaba, se curó y vino a cumplir», cuenta uno. Aunque el ofrecido vive en Madrid, su familia es de la comarca. El párroco Besada cuenta que, durante dos años, repitió otro joven que sufrió graves quemaduras y perdió varios dedos de la mano.

Antes de salir la procesión, una mujer, amortajada con una capa plástica, cuenta sus motivos para dar la vuelta al campo de la iglesia a pie con un cirio encendido: «Estoy muy nerviosa, lo hago por mi sobrino, estoy aguantando un tirón». Rompe a llorar y se abraza a dos allegadas, emocionadas.

En el ritual participó el exconductor del programa Voces de Vigo, de Radio Voz, Manuel Rodríguez Carballo, devoto de la asociación de la romería de Santa Marta de Ribarteme. Junto a Aquilino Aráujo ha publicado un libro sobre este rito mágico en la «Betania gallega» que se remonta a las puertas de la Edad Media.

La romería de los muertos vivientes

Galicia también tiene su romería de los muertos vivientes. El diario británico The Guardian la considera la segunda fiesta más «rara» del mundo y los reporteros de National Geographic filmaron tres años la procesión de los cadaleitos, la más extraña de Galicia. En esta romería de los vivos-muertos, unos devotos simulan su propio entierro para cumplir una promesa a Santa Marta de Ribarteme mientras los fieles dan una vuelta al campo de la feria con los ataúdes y entonan plegarias ancestrales. El paraje habla por sí solo: el santuario está enclavado en una carballeira que domina el valle del río Termes, en As Neves, frente al monte O Castro, un fortín castrexo y una senda de frailes. Al salir de la autovía A-52, uno desciende por estrechas curvas montañosas hacia la Galicia profunda donde todo destila un aroma medieval.

La mayoría de los amortajados agradece a Santa Marta no haber muerto y seguir vivos tras curarse de una grave enfermedad. Estos Lázaros modernos pisaron la fina línea y no olvidan. Cruzan los brazos al modo faraón y cierran los ojos para recrear el funeral que eludieron.

Cinco ofrecidos se metieron ellos mismos ayer en sus ataúdes y sus allegados los pasearon a hombros alrededor de un montículo circular. Tres féretros más desfilaron vacíos, dos cerrados con tapa, algo inusual, y el tercero abierto. La novena caja nunca llegó a salir al desistir su ocupante.

Los cinco amortajados de ayer, dos mujeres de mediana edad y tres hombres, uno treintañero, se protegían los ojos con abanicos, toallas o gafas de sol. La luz del mediodía castigaba pero no tanto como otros veranos de calor abrasador. El cielo cubierto ayudó al ritual y atrajo a miles de feligreses a la romería de la vida. La misa se celebró en una carpa contigua para acoger a un millar de fieles. Hubo atasco, los romeros aparcaban a dos kilómetros y caminaban por el arcén hasta el templo. No faltaron los puestos de pulpo y rosquillas entre carballos, ni las atracciones de feria y las carpas con churrascada.

Para mayor dramatismo, decenas de devotas, cubiertas con una mortaja de plástico, siguieron los féretros en procesión con cirios encendidos, algunas arrodilladas o descalzas, y animaron con sobrecogedores, extraños y ancestrales cánticos a los resucitados.

 

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