Las mentiras de las churrascadas

isaac pedrouzo CON CHANCLAS

AL SOL

Existen unas leyes no escritas sobre muchas -demasiadas- cosas de las que un día dejas de ser supervisor sin querer y por inercia. Como en el sexo donde, menos lo escatológico, vale todo. O eso dicen. No sé mucho del tema.

Las churrascadas tienen sus propias pautas. Actúan solas, sin permiso, y ya es algo tan natural que uno no repara en que todo tiene una función designada por el azar.

Suelen planearse los viernes a las dos de la madrugada, esa hora en la que el cuarto gin tonic ejerce de portavoz perfecto tomando las decisiones importantes.

Esa noche harías un pacto de sangre afirmando seguro que todos, los diez allí presentes, leales, no fallarán a la cita. La primera mentira.

Así que uno se levanta con el quinto gin tonic todavía paseando entre la cabeza y el paladar decidido a comprar todo lo necesario en el súper más cercano. El súper más cercano nunca traiciona. Pides carne mixta -aunque al final la ternera sobra- para doce convencido del buen diente de tus amigos y ese desconocido que pasaba por allí. Llenas el carro de cervezas, coca cola, y algún vino peleón que la gaseosa transforme en soportable. Incluso agua, aunque una vocecita en tu cabeza te dice que no incapaz de persuadirte. Algunos snacks, aceitunas y derivados.

Te sientes el líder perfecto para el evento perfecto.

Tras veinte minutos de espera y con tan solo un check en la mayoría de los mensajes, la segunda mentira empuja a los 8 supervivientes al coche entre maldiciones y algún «nunca más» previsible. Al desconocido también.

Y así llegas a la casa del pueblo, donde el más valiente, con su gorra del Supermartes y tras quitarse la camiseta de algún equipo de la NBA, toma las riendas de la fiesta decidido, con ese brillo en los ojos que cualquiera traduciría en experiencia y buen hacer. Pero no, solo es la tercera mentira. Una hora y media para hacer las brasas y otra más para sacar la carne de la parrilla, carne que llegará fría y con el apetito saciado por las cervezas y la desgana de la resaca.

Al final, tras la cuarta mentira transformada en ese intento de remontada a base de licor que trajo el desconocido, uno se rinde ante los planes inútiles, ante la siesta. Esa siempre gana.