De la fibra óptica a la emocional...

Miguel Anxo Fernández

CULTURA

«Blackhat» es un desinflado thriller en el que un hacker norteamericano, algo golfo pero buena gente, se alía con un especialista chino para desbaratar un chantaje cibernético global

07 feb 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

Es como esas cajas de regalo enormes y de empaquetado atractivo, y que cuando las abres muestran un objeto demasiado pequeño y te preguntas: ¿por qué demonios lo envolvieron así? Michael Mann es un impecable empaquetador audiovisual. Le imaginamos en unos grandes almacenes, provocando una interminable cola en esa sección porque sus paquetes lucen genial. A veces consigue que la emoción ligue entre el continente y el contenido (recuérdense los thriller Heat, El dilema y Collateral, o las memorables aventuras de El último mohicano). Otras cintas, detrás de un bonito envoltorio, la decepción (Corrupción en Miami y Enemigos públicos, a las que sumaremos Blackhat), aun reconociendo que esos filmes contienen set pieces memorables que impedirán enviarlas al contenedor de desechos. Mann rueda la acción de modo irreprochable, dotando a esas secuencias de ritmo e intensidad, algo para lo que hay pocos dotados en el Hollywood de ahora mismo (McTiernan y Fuqua, entre ellos).

Posee Mann otra cualidad, la de dar un agradecido aire cool a sus filmes gracias a su excelente feeling con los avances digitales; en el presente caso, mostrando las tripas del cableado por donde discurren vertiginosas las órdenes enviadas desde una terminal, e incluso los planos contrapicados de un simple teclado de ordenador? Pero, ¿qué cuenta el guion? Ahí está su carencia, porque la trama es de una simpleza que se antoja coartada funcional para mostrar la otra cara de Mann, la ya anotada de la acción bien rodada y sazonada con virguerías visuales.

Mamporros

La alianza de un hacker norteamericano, algo golfo pero buena gente -cumple condena por una acción a lo Robin Hood-, con un especialista chino -cuya hermana se lía con el otro en un plisplás- para, entre ambos, desbaratar un chantaje cibernético global, se desinfla a medida que el metraje avanza y concluye en un desenlace decepcionante. Aunque el imponente Hemsworth (1,90 metros de altura) no es un prodigio dramático, reconozcámosle sus esfuerzos para resultar creíble repartiendo mamporros, pero sus limitaciones en la transmisión de sentimientos son también responsabilidad de Mann, con serios problemas para llegar al corazón. Por lo visto está más cerca de la fibra óptica que de la fibra emocional?