La irrupción en EE.?UU. de un movimiento que, pese a los matices locales, semeja una copia del que surgió en España esta primavera es una noticia preocupante para Obama por dos motivos. El primero: certifica el fin del idilio con el segmento más progresista de su electorado. No es difícil ver que muchos de los que acampan en la calle o simpatizan con ellos ayudaron a crear en su día el encantamiento colectivo que lo condujo a la Casa Blanca.
Aunque los que hablan por los indignados no dirigen su furia contra él personalmente sino contra los tiburones financieros que infestan Wall Street, su protesta es un indicio más del desencanto que produce Obama. Significa que ya no confían en su capacidad para corregir los desmanes de la élite financiera y que no esperan que haga frente a las desigualdades que lastran al país más poderoso de la Tierra.
Por tanto, quizá no van tan descaminados los que empiezan a hablar de un Tea Party de la izquierda: no porque los demócratas estén por detrás moviendo los hilos de las protestas, con el fin de dar réplica al movimiento derechista del mismo nombre, sino porque su aparición expresa una insatisfacción con el presidente y su partido similar a la que en su momento llevó a numerosos republicanos de base a imponer una agenda más combativa a sus líderes.
Pero es que, además, las movilizaciones sorprenden a Obama en un momento delicado en el que había iniciado un movimiento táctico, consistente en desplazarse a la izquierda con la intención de frenar la caída en las encuestas. El giro, que se plasmó en el plan de empleo que envió al Congreso, buscaba devolver la ilusión o al menos mitigar la desilusión de colectivos inicialmente cercanos, como los jóvenes, las minorías o los sindicatos, y que sin embargo no han dejado de alejarse de él en disconformidad con su filosofía bipartidista, más tendente a buscar arreglos con los republicanos que a plantarles cara.
Si ahora se muestra insensible a las protestas, pondrá de manifiesto las limitaciones de su nueva estrategia y creará más frustración entre quienes esperan que vuelva a ser el que imaginaron. Pero si las respalda no hará otra cosa que enardecer a los republicanos y darles un argumento para acusarlo de radicalizarse.