Un pastor evangélico quema un ejemplar del corán en Florida y mueren siete inocentes en Afganistán ¿De nuevo la globalización? ¿Estamos ante otro ejemplo más de la rapidez incontrolable con la que un mensaje puede atravesar el mundo?
Habrá muchos que se entreguen a esa clase de reflexiones posmodernas, pero la realidad no es tan sofisticada. La matanza de siete trabajadores de la ONU ocurrió en Afganistán, un país en guerra. No es porque sí que esta noticia nimia de la excentricidad de un fanático haya desatado otro fanatismo aún más violento allí y no en otros lugares donde también hay fanáticos.
Ocurrió en Afganistán porque el rencor contra los extranjeros en ese país está tan extendido que no necesita más que una chispa insignificante para encenderse. Y les ocurrió a estos funcionarios de una organización de ayuda porque la ocupación ha tomado una forma tan confusa que la población local (el crimen no lo han cometido talibanes) no distingue ya entre tropas norteamericanas, OTAN, ONU, cooperantes o misioneros, civiles o militares. Para ellos, todos son una representación de América, aunque los asesinados en Mazar-i-Sharif procediesen de Rumanía, de Suecia o de Nepal. Varios de ellos ni siquiera eran cristianos, pero para los que los lincharon esas distinciones son detalles.
La pregunta es si para nosotros también lo son, porque la reacción de la ONU está siendo también asombrosa e inquietante. Incidentes mucho menos graves han conducido a hacer planes para la evacuación inmediata del personal internacional, pero ayer la organización se enredaba en cautelas. «Aún no sabemos lo qué ha ocurrido exactamente», llegó a decir uno de sus directivos, como si cupiese alguna duda. Esto no hace sino acrecentar la impresión de que la ONU se ha convertido en una parte tan esencial de la estructura de la ocupación que carece de autonomía para decidir su propia estrategia. Tras más de diez años, quizá vaya siendo hora de reevaluar esa situación.