Cada año 14 millones de personas obtienen permiso para comprar un arma en Estados Unidos.
31 ene 2011 . Actualizado a las 00:10 h.Que en Estados Unidos entrar en un aeropuerto o en un edificio gubernamental supone someterse a extremas medidas de seguridad no es un secreto para nadie. Quizá por eso lo primero que me llamó la atención cuando el pasado fin de semana acudí al Albany Gun Show, la feria de armas de Albany, en el estado de Nueva York, es que no hay que pasar por ningún detector de metales. En su lugar, los periodistas deben acceder a que un guardián vigile todos sus movimientos e incluso les diga a quién deben entrevistar «por claros motivos de seguridad».
Para alguien que nunca haya estado en un evento de este tipo, la experiencia puede resultar un tanto perturbadora. En una mesa se apilan como verduras cargadores a 15 dólares, 10 balas por unidad. Unos puestos más allá un hombre vende guantes para disparar e ilustra el producto con una foto del juicio de O.??J. Simpson, sobre quien sigue pesando la sospecha de que asesinó a su mujer y a su amante. Si hubiera que describirlo en términos domésticos, las ferias de armas son para los estadounidense lo que las plazas de abastos en España, un lugar donde el género se desparrama, se toca y se promociona sin ningún tipo de pudor.
«¿Quieres un revólver que puedas meter en el bolso?», me ofrece uno de los vendedores antes de explicarme que la estrella de esta temporada es la Rugert LCP, una pistola semiautomática que apenas pesa 250 gramos y puede disparar siete impactos seguidas. «Está hecha para que las mujeres no pasen miedo», sentencia.
Porque es el miedo el combustible que hace funcionar una industria que mueve cerca de un billón de dólares al año y que, tras el tiroteo de Arizona, vio aumentar sus ventas en este estado en más de un 30%.
«La gente sabe que si tiene una pistola no la van a molestar», analiza Mary Vantassel, quien lleva más de dos décadas vendiendo armas al por menor. «Verás, las pistolas controlan a la sociedad y está demostrado que en las áreas donde hay más armas existe menor criminalidad», subraya. En realidad, los estudios sostienen lo contrario. Y tampoco parece muy atinada la afirmación de otro vendedor: «Ningún criminal va a venir a comprarnos a nosotros cuando por 100 dólares puede tener lo que quiera en el mercado negro».
Para que mi guardián me deje permanecer más tiempo en la feria decido no responder lo que a todas luces es una obviedad: que tanto Jared Loughne, el asesino de Tucson, como el joven que el año pasado segó la vida de 33 personas en el instituto Virginia Tech, habían comprado sus armas de manera legal. Ambos jóvenes se beneficiaron de la flexibilidad de los estados de Arizona y Virginia, donde basta presentar un carné de conducir y rellenar un sencillo formulario para salir de una tienda armado hasta los dientes.
El formulario, del que mi amable guardián me entrega una copia, incluye preguntas como: «¿Es usted adicto ilegal a la marihuana?» [en California está permitido su uso medicinal], «¿Ha tenido algún tipo de enfermedad mental?». Según explican los vendedores, se tarda entre cinco y diez minutos en confirmar con el FBI si los datos son correctos y, en caso afirmativo, se entrega el arma.
Pero la fiabilidad de este método es muy dudosa. El propio Loughner contestó negativamente a estas dos preguntas, a pesar de haber dado positivo en un test de drogas del ejército y de haber sido expulsado de su universidad por «problemas mentales». Pero nadie en la agencia federal vio motivos para denegarle el permiso.
Según datos aportados por el propio FBI, 14 millones de personas solicitan anualmente uno de estos test rápidos para adquirir un arma. De ellos, solo el 1% son rechazados, en su mayoría, inmigrantes indocumentados.
En la feria de Albany, sin embargo, no tienen ese problema, porque esta es una de las ciudades más blancas del país, con un 63% de la población de raza caucásica. La metrópoli es conocida también por su marcado carácter conservador, lo que suele derivar en un encendido discurso en contra del presidente Barack Obama.
«Yo solo espero vivir dos años más para ver cómo ese socialista sale de una vez por todas de la Casa Blanca», asegura David Skuier, un vendedor de 80 años que no duda en calificar al actual presidente como «lo peor que le ha pasado a este país jamás». A pesar de su enfado, lo cierto es que ni Skuier ni nadie de esta industria tienen motivos reales para estar resentidos con un presidente que ya ha dejado claro que no piensa regular la venta de armas, ni siquiera en estados como Alaska, donde la ley permite comprar y pasear una pistola sin un permiso especial.
«Si me preguntas a mí, yo creo que se deberían llevar armas hasta en las guarderías, es donde más se deberían llevar», asegura Dan Wiler, un camionero que está a punto de comprar una nueva pistola: «La sexta, pero no la última», aclara antes de perderse.