Sostiene un pulso con EE.UU. por el control del Atlántico sur que refleja la nueva posición de fuerza de América Latina
19 sep 2010 . Actualizado a las 02:00 h.La semana pasada, mientras el planeta asistía al vodevil del pastor Jones, Brasil tomó por su cuenta la decisión de ampliar su soberanía económica más allá de las 200 millas que reconoce la ONU. La medida supondrá que el gigante del Cono Sur colocará su bandera sobre otros 960.000 kilómetros cuadrados de mar, poco menos que la superficie de dos Españas juntas, y tiene por objeto adueñarse de los derechos sobre los imponentes yacimientos de crudo y gas descubiertos hace meses en esa parte del Atlántico.
La ampliación revela la seguridad en sí misma de Brasil en relación con sus ambiciones territoriales, al tiempo que ejemplifica el cambio de estatus que protagoniza América Latina en la escena global, al hilo del ascenso económico sostenido que experimenta los últimos años. La competencia para reconocer derechos sobre la riqueza ubicada dentro de las 350 millas náuticas corresponde a la ONU, que ya había desechado en el 2004 una petición del Gobierno brasileño, como la que este acaba de aprobar, a causa de las objeciones puestas por EE.?UU. Pero tras una nueva petición que no tuvo respuesta, la Marina brasileña se cansó de esperar y se encomendó a la política de hechos consumados.
En apariencia, se trata de evitar complicaciones en el camino que se le abrió a Brasil para convertirse en una de las primeras potencias energéticas del mundo. Los yacimientos encontrados duplican prácticamente sus reservas de crudo y son varios los países que, como el perro de Paulov, segregaron señales de apetito en cuanto tuvieron noticia del hallazgo, por lo que parece lógico que Lula haya ordenado hacerse con una posición clara de dominio.
Tercer encontronazo
Pero si se observa con más detenimiento, se ve que también nos hallamos ante una nueva secuencia del pulso que libra Brasilia con EE.?UU. a propósito del control del Atlántico sur. El primer acto de esa contienda tuvo lugar cuando el Pentágono, consciente del nuevo valor estratégico de la zona, reactivó la IV Flota y la puso a patrullar en las aguas de Latinoamérica y el Caribe. Ahora estaríamos, por tanto, delante de la réplica. Es el tercer encontronazo en poco tiempo entre ambos países, si se cuentan las discrepancias que exhibieron por el golpe de Estado contra Zelaya en Honduras y la política de sanciones a Irán.
Hace unos años, Brasil hubiera ido con más cuidado. Hoy no necesita disimular. Va a ser la quinta potencia económica del mundo en torno al 2025. Su empuje representa el de todo un continente, que, con la excepción de Venezuela y de Cuba, ha experimentado un crecimiento del 5,5% del PIB entre los años 2003 y 2008. Los medios de referencia globales pregonan que esta es la década de América Latina y dan por sentado que dejará de ser el patio trasero de Estados Unidos. Si es así, Brasil solo señala el camino en el Atlántico sur.
Con todo, puede que llame la atención la unilateralidad que emplea para conseguirlo, ya que uno de los argumentos que utiliza la diplomacia carioca para ganar peso en la escena mundial es justamente su deseo de erradicar ese vicio de poderosos. Pero tampoco aquí hay que dejarse seducir por la retórica.
El Instituto de Estudios Estratégicos de Londres ha advertido en su último informe que la crisis financiera acentuó el proceso de desplazamiento de poder hacia los países emergentes en detrimento de los más desarrollados. Como resultado, apareció un nuevo «individualismo» internacional. Se caracteriza porque las potencias en ascenso reajustan sus cálculos en política exterior en función de sus nuevas posiciones y actúan conforme a ellas sin dejarse intimidar por la corrosión que ello acarrea a un orden internacional que todavía responde a la situación anterior.