Dice un proverbio gitano que «cada uno tiene su lugar en la sombra». Este dicho refleja la realidad que viven los gitanos en la antigua Europa comunista. Basta con viajar por ciudades y zonas rurales de Rumanía y Bulgaria, pero también de Eslovaquia, Hungría o Serbia para ver a niños gitanos desnutridos y sucios jugando en los estercoleros de campamentos de chabolas y chozas sin agua corriente ni electricidad ni servicios sanitarios.
En muchos países, la tasa de desempleo alcanza el 100% y gran parte de los niños no están escolarizados. «Son los olvidados de la transición» del socialismo real al capitalismo, dice Milan Scuka, parlamentario de origen gitano de Eslovaquia. Confinados en grandes guetos en la periferia de ciudades y pueblos, suelen ser muy a menudo objeto de agresiones de grupos neonazis, como en Chequia, o de partidos parlamentarios xenófobos, como Jobbik en Hungría.
Mortalidad infantil
La mortalidad infantil es muy elevada, y la tuberculosis, una enfermedad extendida entre los menores. En algunos países los niños gitanos son escolarizados en centros para disminuidos psíquicos, y en Hungría un gitano tiene 50 veces menos posibilidades de obtener un diploma que un húngaro que no pertenezca a esta etnia.
Peter Yovkov, miembro de la Cruz Roja de Bulgaria, explica que «los búlgaros y los gitanos viven juntos desde hace varios siglos, pero nunca se relacionan, y los que no son gitanos no se fían de ellos». Muchos gitanos búlgaros acaban siendo víctimas de redes mafiosas que los explotan para delinquir o mendigar.
La situación de los gitanos de Europa del Este es tan grave que en un país como Chequia cerca de un millar han pedido asilo político en Canadá, porque consideran que sus vidas corren peligro. En Chequia, el 70% de los gitanos viven en la pobreza y la marginación, según la Liga Checa de los Derechos del Hombre.
Hace año y medio, la organización gitana checa Roma Realia mandó una carta al presidente de EE.?UU., Barack Obama, en la que le explicaba la situación de su colectivo y le pedía ayuda. Václav Miko, presidente de esta organización, afirma que «nuestra situación no ha cambiado, todo va a peor y el racismo es cada vez mayor».