Los ciudadanos suelen decir que «quieren hechos, no palabras». Pero no siempre es verdad. No lo fue, desde luego, en el caso de Obama, que empezó a brillar en las tribunas no por sus ideas sino precisamente por sus palabras. Su rival más encarnizado (Hillary Clinton) lo ridiculizó por ese motivo, presentándolo como un charlatán; y él mismo se puso bajo la advocación de Martin Luther King, recordado no por lo que logró (mucho menos de lo que suele creerse) sino por lo que dijo. Pero los norteamericanos no querían hechos, sino palabras que los sacasen de la retórica feroz y desesperada de la era Bush.
Ahora se cumple un año de la apoteosis de aquel Obama. No habrá más noches como aquella, ni aún en una hipotética reelección. Y no porque su magia se haya ido gastando, como se dice, sino porque candidato y presidente, en Estados Unidos, son dos profesiones completamente distintas. Es más: por razones complejas, lo que muchos norteamericanos quieren en sus candidatos (que sean idealistas, renovadores, atrevidos) les da miedo en sus presidentes. Ahora Obama ya solo puede contar con los que piensan como él. La cuestión es si él, empeñado en consensuar todas sus políticas, se ha dado cuenta ya o sigue encerrado en aquella noche de gloria de hace un año.