Mahmud Ahmadineyad produce temor en Occidente por su política nuclear y sus controvertidas declaraciones, y desata polémicas en Irán por sus medidas populistas. Este ultraconservador, que se presenta como defensor de los pobres y devoto del islam, indigna a las grandes potencias por su retórica agresiva.
Poco después de su inesperada victoria en el 2005, ganó notoriedad mundial al afirmar que Israel está condenado a «desaparecer del mapa» y que el Holocausto nazi es un «gran engaño». Comparó además el programa nuclear iraní a «un tren sin frenos y sin marcha atrás» y se niega a suspenderlo, pese a las presiones internacionales.
En Irán fue criticado por muchos economistas por su política de distribución masiva de petrodólares, que condujo a una fuerte inflación (23,6%), sin conseguir reducir el desempleo y la pobreza.
En recientes debates televisivos pulió su imagen de hombre de pueblo al afirmar que vive solo de su salario de profesor. Su populismo sigue gustando, en especial en los medios populares urbanos y rurales.
Sus rivales lo califican de imprevisible a causa de su retórica agresiva, pero sus partidarios lo ven como un hombre «que ayuda a los pobres». «Si hay dos personas en dificultades, Ahmadineyad ayudará antes al que esté peor», afirmó Mehdi Mahmudi, un joven de Islamshahr, un suburbio de Teherán.
Instauró un nuevo estilo de gobierno al reunir a su Consejo de Ministros cada dos o tres semanas en ciudades de provincia. En cuatro años recibió 20 millones de cartas con demandas de ayuda y creó un servicio para responderlas una por una y apuntalar así el apoyo de su electorado popular.