El holandés que atacó a Beatriz I no podía pagar el alquiler del piso

Juan Oliver

INTERNACIONAL

02 may 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

Se llamaba Karst Tates, tenía 38 años y era guardia de seguridad. Se había quedado sin trabajo a principios de año, y ayer murió en el hospital pocas horas antes de la cita que había concertado con su casero para devolverle las llaves del apartamento en el que vivía, y que ya no podía pagar. «Hace poco me dijo que había sido despedido y que tenía que dejar el piso. Tendría que haber venido hoy para darle las llaves al nuevo ocupante», declaró ayer Sem Bosman, el dueño de la casa, a un diario holandés. «Nunca había tenido un inquilino con tan buen comportamiento. Siempre pagaba a tiempo», aseguró.

Según sus vecinos, el conductor que atropelló el pasado jueves en Apeldoorn a la multitud que observaba el desfile real del Día Nacional de los Países Bajos, tratando de embestir con su coche el autobús de la reina Beatriz, era una persona cortés, aunque introvertida, que recibía pocas visitas y que, al parecer, no tenía novia ni demasiados familiares que lo frecuentaran.

Quienes lo conocían, citados ayer por varios medios holandeses, aseguran que tampoco solía raparse la cabeza, a pesar de que el jueves la tenía recién afeitada, tal y como pudo verse en las imágenes de televisión que grabaron su acción. Según la policía y la Fiscalía, tampoco contaba con antecedentes penales, ni hay constancia de que padeciera trastornos psicológicos, ni de que fuera una persona violenta o problemática.

Tates murió a primeras horas de la mañana de ayer en el hospital a causa de las serias heridas que sufrió en su ataque suicida, que los pacíficos holandeses seguían ayer sin poder asimilar. Junto a él murieron otras seis personas.

Policía militar

Cuatro de ellas, dos hombres y dos mujeres, fallecieron prácticamente en el acto tras ser arrollados por el Suzuki Swift negro que conducía. Otra persona murió poco después en el hospital, y la última, ayer. Se llamaba, Roel Nijenhuis, tenía 55 años de edad, era policía militar y vecino de Apeldoorn, de donde son la mayoría de los ocho heridos graves que siguen ingresados en las ucis de varios centros hospitalarios. Entre ellos hay dos adolescentes de quince y dieciséis años, y una niña de apenas nueve.

Las autoridades holandesas descartaron ayer definitivamente la posibilidad de que la acción de Tates respondiera a otra cosa que no fuera la rabia o el trastorno mental al que pudiera haberlo conducido su desesperada situación económica. No tenía cómplices ni había advertido a nadie de sus intenciones, ni se encontraron armas ni explosivos en su coche, ni tampoco en su apartamento, situado en Huissen, a treinta kilómetros de Apeldoorn.

Allí había vivido los dos últimos años, y allí trabajaba como vigilante de seguridad en las oficinas de una compañía de seguros que lo despidió en enero pasado alegando que la crisis la obligaba a reducir plantilla. Desde Huissen condujo por la mañana hasta Apeldoorn, que este año albergaba los actos del Día Nacional holandés.

Nadie se fijó en él hasta que pisó el acelerador llevándose por delante a diecisiete personas, para terminar su carrera empotrado en un monumento de piedra a quince metros del autobús descubierto en el que la familia real saludaba a la multitud. Tates murió antes de que la policía pudiera interrogarlo, pero el primer agente que lo asistió asegura que confesó su intención de estrellarse contra el autobús real.