En tiempos en los que los votantes israelíes apuestan por la seguridad, Benjamín Netanyahu tiene las de ganar. Y eso explica que el líder del Likud haya decidido mantener un perfil bajo antes y durante la campaña electoral, sin sacar a relucir a menudo sus dotes oratorias. Los votantes conocen de sobra su trayectoria como veterano del Ejército, como experto en terrorismo, que aboga por combatir con dureza a cualquier nivel, como primer ministro y como titular de diferentes carteras en diversas coaliciones de Gobierno.
También saben que las expectativas de negociaciones con los palestinos y otros vecinos árabes se convertirán previsiblemente en una empresa aún más complicada bajo su mando. Netanyahu, Bibi para los amigos, solo ofrece una «paz económica» a unos territorios palestinos cuyas posibilidades empresariales y comerciales están determinadas por la ocupación. Y se niega a hablar de un futuro palestino de Jerusalén o de una retirada significativa de Cisjordania.
Parece repetir la fórmula que lo llevó al poder en 1996. Entonces, el político educado en EE.?UU., pasó a conocerse como el hombre de los tres noes: no a la creación de un Estado palestino, no a la negociación sobre el estatus de Jerusalén, no a la devolución de los Altos del Golán a Siria. Pero lo cierto es que, durante su mandato, estrechó la mano del entonces líder palestino, Yaser Arafat, y firmó acuerdos, que luego tuvieron escaso cumplimiento, presionado por Washington.