¿Es lícito cobrar dietas por desplazamiento si uno permanece en su casa? ¿Deben los contribuyentes costear los viajes de los familiares de los políticos, incluso si ninguno de ellos cumple con un papel activo? Preguntas como estas inundaban ayer los medios de comunicación estadounidenses tras la publicación de una información en el periódico The Washington Post según la cual la candidata a la vicepresidencia, Sarah Palin, cobró dietas de viajes por un total de 312 días pese a que había pasado todo ese tiempo recluida en su hogar.
La información, basada en documentos oficiales, revelaba también que los continuos desplazamientos de la familia de Palin con la gobernadora le habrían costado al estado de Alaska cerca de 46.000 dólares. Aunque la cifra es considerablemente inferior a lo gastado por su antecesor en el cargo, quien llegó a generar unos gastos anuales de 430.000 dólares solo en sus viajes de avión (el mismo que Palin vendió por considerarlo un lujo innecesario), la simple sospecha de que esta política con fama de estricta hubiera hecho un uso indebido de los fondos públicos conseguía activar todas las alarmas.
«Ninguno de estos gastos realizados por la gobernadora es atípico o ilegal», se apresuraba a terciar la portavoz de la candidata, Sharon Leighow, para protegerla de las críticas. Para Leighow, «resulta obvio que por protocolo existe un presupuesto para los familiares de los políticos». Pese a su elocuencia argumental, la portavoz no despejó la duda, abierta por la información, sobre hasta qué punto era necesario que la gobernadora viajara con sus cinco vástagos a una conferencia.
Pero no es la única duda sin resolver.
Conocida por su carácter independiente y rebelde, Palin se ganó el apelativo de eficaz gestora tras denunciar la corrupción de sus propios compañeros de partido en Alaska, comprados por el dinero de las grandes petroleras. Enlazó con un movimiento de recorte del gasto que la erigió como gran paladín moral en el corrompido sistema financiero de Washington, adonde llegó la semana pasada prometiendo recortes en el Congreso. «Si hace falta eliminar empresas las eliminaremos», aseguraba ayer mismo un artículo suyo en el Wall Street Journal , aireando un caballo de batalla del propio John McCain, la reducción de gastos estatales.
Empleó su oposición a la construcción de un carísimo puente en su estado, y que le habría costado a los estadounidenses más de 400 millones de dólares, para ejemplificar dicha austeridad presupuestaria. Pero también aquí le han pasado factura, al demostrar la campaña de Obama que Sarah Palin no solo apoyaba la construcción del puente en sus inicios sino que, tras cambiar de opinión, nunca devolvió el dinero al Gobierno central.
«Se quedaron con el dinero y no hicieron ni el puente», ironizaba ayer el propio Obama, quien también acusó a la republicana «de haber cambiado de opinión solo cuando todo el mundo estaba en contra».
Ninguno de los dos percances ha conseguido recortar su tirón con el electorado femenino, que ha pasado de apoyar a Obama por 8 puntos a hacerlo por McCain por 12.