El primer ministro tailandés está contra las cuerdas

dpa SINGAPUR

INTERNACIONAL

Sudnaravej cambia su tono brusco y provocador para intentar calmar los ánimos en su contra generados por el estado de excepción.

02 sep 2008 . Actualizado a las 15:28 h.

El primer ministro tailandés, Samak Sudnaravej, es un hombre fornido con ojos pequeños que no presentan una mirada amable. Suele usar fuertes palabras, es un provocador, dirían muchos, que apenas tiene pelos en la lengua. La agresividad es su estilo, como dijo aún el domingo en el Parlamento. Sólo en vista del osado reto de los seguidores de la oposición, que lo tienen desde hace una semana expulsado de su oficina de gobierno, este líder de 73 años se muestra desacostumbradamente transigente.

Pero hoy se acabó su actitud suave: a primera hora de la mañana, Samak, que durante décadas enseñó a sus adversarios a tenerle miedo como reaccionario de ultraderechas, decretó el estado de Excepción en Bagkok. Sin embargo, lo hizo en un tono desacostumbradamente moderado para él: «No tuve otra elección», dijo casi disculpándose. «Haré todo para normalizar la situación lo antes posible».

El jefe de gobierno se encuentra contra la pared: sus electores son los pobres y los agricultores en provincias alejadas de la capital. Pero los hilos en Bankok los mueve la vieja élite, que ahora se impone.

El «mentor» de Samak en las elecciones de diciembre fue el jefe de gobierno derrocado en 2006, Thaksin Shinawatra, que convirtió a los pobres en sus fervientes seguidores gracias a medidas como créditos baratos y servicios sanitarios.

Samak apareció como el hombre de Thaksin y se benefició de su popularidad entre las masas pobres. Para las clases altas de la capital vinculadas con el Ejército y la familia real, sin embargo, Thaksin era una figura odiada que recortaba su influencia.

Por eso no quieren tolerar a Samak. Y está claro de dónde sacan su osadía los cabecillas que hacen frente al gobierno desde mayo: son respaldados por influyentes hombres en la sombras. Uno de sus líderes es un ex general que negó rumores de que los manifestantes tenían una «caja» con fondos de unos 6 millones de dólares (4 millones de euros).

Así que Samak no puede esperar ningún respaldo del Ejército. Antes era distinto. El veterano político siempre estuvo durante su larga carrera en el centro de atención en lo que tenía que ver con acciones sangrientas y del Ejército. Por ejemplo, en 1976, cuando los soldados reprimieron violentamente los disturbios estudiantiles y 46 jóvenes murieron, según datos oficiales. Muchos creen que fueron cientos.

Samak fue quien encendiólos ánimos del escuadrón de la muerto como viceministro del Interior en aquel momento.

La masacre provocó un golpe de Estado, que apartó a Samak de su promoción a ministro. Hasta hoy, no da mucha importancia a los manifestantes de entonces como estudiantes de izquierda. «La derecha está tras el rey, la izquierda es comunista», dijo durante una entrevista en febrero con la CNN.

En 1992 Samak ostentaba la vicejefatura del gobierno bajo un general que había llegado al poder mediante un golpe de Estado, cuando los soldados abrieron fuego contra los manifestantes que pedían democracia para el país. Decenas de ellos murieron.

El Ejército tuvo que restablecer la ley y el orden contra la «turba», justificó entonces Samak aquella acción, y desde entonces no dejó de cultivar su fama como un hombre que actúa con dureza. «Si me golpeas te devolveré el golpe», dijo en febrero en una entrevista con la CNN, seguro de sí mismo. «No hay ningún documento que prescriba que un jefe de gobierno debe ser simpático y hablar siempre de forma amigable».

Esta vez, sin la perspectiva de apoyo militar, el mandatario de 73 años intentó en los pasados días desactivar las tensiones con una táctica de convencimiento: «Fui elegido conforme a la legalidad», repitió una y otra vez, un argumento que le acaba de quitar la Comisión Electoral de las manos. Su partido compró votos durante la campaña, aseguró hoy en un comunicado, en que el que exigía la prohibición del PPP.

No es probable que Samak pueda desgastar a sus opositores, cada vez más agresivos, mediante el estado de excepción, opina Thitinan Pongsudhirak, politólogo de la universidad de Chulalongkorn.

«Decretar el estado de excepción signifcia expulsar a los manifestantes con violencia y eso es percisamente lo que quieren, porque esperan un levantamiento espontáneo. Esperan que ello sea la chispa que encienda el polvorín en Bangkok».