Von Boeselager participó en la operación que trató de eliminar al Führer con una bomba en su cuartel general
03 may 2008 . Actualizado a las 02:02 h.Cuando a Claus Schenk Graf Von Stauffenberg le preguntaron a finales del año 1942 que debía hacerse con Hitler, respondió sin vacilaciones: «Matarlo». El aristócrata católico, admirador del poeta místico Stefan George, predicador de un nuevo esteticismo cultural esotérico y elitista, que inicialmente se había sentido atraído por el nacionalsocialismo, sería el encargado de asesinar sin éxito al Führer en su cuartel general, el 20 de julio de 1944. Era el brazo ejecutor de una conjura de oficiales de la Wehrmacht dispuestos a todo con tal de liquidarlo. A Von Stauffenberg, el antisemitismo asesino de Hitler, su creciente barbarie y el desastre al que encaminaba a Alemania lo habían convencido de que no quedaba otra salida.
Uno de quienes lo acompañaron en la tarea, el barón Philipp von Boeselager, el último superviviente del núcleo duro de los oficiales que quisieron acabar con Hitler, falleció el jueves a la edad de 90 años, según informaba ayer el diario Frankfurter Allgemeine. Al igual que su hermano Georg, participó en la llamada operación Walkiria, en la que estuvieron implicadas unas 200 personas.
A los militares conjurados se les ocurrió utilizar el plan Walkiria, que había sido aprobado por Hitler para movilizar al Ejército de reserva en caso de un levantamiento interior grave. Ahora, sus enemigos le daban la vuelta: el objetivo ya no era proteger al régimen nazi, sino destruirlo.
El coronel Stauffenberg, que en abril de 1943 había resultado gravemente herido, perdiendo el ojo derecho, la mano derecha y dos dedos de la izquierda, fue el encargado de colocar la bomba en la guarida del lobo de Hitler, en Prusia Oriental. Así lo cuenta el biógrafo del tirano, Ian Kershaw: «Hitler estaba inclinado sobre la sólida mesa de roble, apoyado en un codo, la barbilla en la mano, cuando estalló la bomba, con un relampagueo llameante azul y amarillo y una explosión ensordecedora». No recibió el impacto de la bomba, que mataría a varios de sus ayudantes, y solo sufrió heridas superficiales.
«Se dirigió hacia la puerta por entre los escombros, apagándose las llamas de los pantalones y de la parte de atrás del pelo con las manos», continúa el relato su biógrafo. «Tenía la chaqueta del uniforme rota y los pantalones negros y los calzoncillos largos blancos hechos jirones», prosigue Kershaw.
Las heridas del jefe nazi eran rasguños y contusiones en el brazo izquierdo, quemaduras y ampollas en las piernas, llenas de fragmentos de astillas y cortes en la frente. Además de los tímpanos rotos. Pero podía vivir para contarlo. Cuando entró su sirviente Linge, muy asustado, un Hitler tranquilo se limitó a decirle con una agria sonrisa: «Alguien ha intentado matarme, Linge». La venganza contra los implicados en el intento de magnicidio fue terrible. Las últimas palabras de Von Stauffenberg antes de ser fusilado fueron: «Larga vida para la sagrada Alemania». En las dos semanas siguientes al atentado fueron ejecutadas 200 personas y 6.000 más en fechas posteriores.
Ya en 1943, el recién fallecido Von Boeselager había participado en un primer plan de atentado, que también fracasó al no estallar las dos bombas que se habían colocado junto al avión del líder nazi. Su misión el día en que Von Stauffenberg colocó el explosivo en el cuartel general de Hitler era llevar a 1.200 hombres de su regimiento de caballería de Prusia Oriental a Berlín para detener al jefe de las SS, Heinrich Himmler, y al ministro de propaganda, Joseph Goebbels.
En una entrevista en el 2004 a la agencia France Presse, relató: «Después de dos días de marca forzada, me llegó el mensaje 'Todo en los viejos huecos', la contraseña codificada que significaba que la operación había fracasado porque Hitler había sobrevivido a la explosión. En otra reciente entrevista en el Frankfurter Allgemeine afirmaba que se lamentaba de no haber disparado contra Hitler en la primera intentona de 1943.
Von Boeselager logró huir y evitó ser fusilado, como la mayoría de los integrantes del grupo de Von Stauffenberg. Hasta el final de la guerra llevó consigo una cápsula de veneno para usar en caso de que fuera detenido, lo que no ocurrió nunca. Tuvo tiempo para dejar atrás el nazismo y vio nacer el siglo XXI.