«Sí se puede». La frase se la escuché a Fernando Lugo antes que a Barack Obama. Cenábamos con otros amigos en Granada y le había preguntado si de verdad esperaba ser presidente de Paraguay. Me pareció un hombre sereno, educado, cordial, quizá un tanto callado; nada que ver con el cliché del sacerdote revolucionario. Y es que Lugo se forjó en la teología de la liberación, pero ha vivido su ocaso, vapuleada por las decepciones y el Vaticano. Él mismo sigue intentando sin éxito que se lo libere de su condición de obispo (sigue siéndolo, contra lo que se publica estos días).
Sí, Lugo podría ganar las elecciones de hoy. La cuestión, de hecho, no es tanto si las ganará, sino si el fraude será lo suficientemente eficaz como para impedírselo.
Por el momento, la oposición dice haber identificado ya en el censo a 25.000 personas que o están en el ejército o en el extranjero o en el otro mundo (las dos primeras categorías no pueden votar en Paraguay, la tercera, en teoría, en ningún sitio). Si a esto le sumamos los 200.000 funcionarios (en un país de poco más de seis millones), obligados a votar por el Gobierno, tenemos más o menos la imagen del peligro al que se enfrenta la oposición.
Y no es el menor. En 1999, el vicepresidente fue asesinado en un complot en el que se implicó a dos altos cargos: Nicanor Duarte y el general Lino Oviedo. El primero era y es el presidente, y el segundo, que además protagonizó dos golpes de Estado en un lustro, se presenta a estas elecciones con un partido que suena a broma: Unión de Ciudadanos Éticos.
No es extraño que el obispo Lugo haya dejado de asistir a los mítines, cada punto que sube en las encuestas es un paso más que lo acerca al atentado.
Así es el Paraguay que ha creado el Partido Colorado: un país cuya economía crecía a un espectacular 5,5% el año pasado, pero en el que un 60% de la población vive en la pobreza; la segunda nación más pobre de América y el vigésimo quinto Estado más corrupto del mundo.
El decano del poder
El Partido Colorado, tras 61 años en el poder, es el decano del poder (lo tomó dos años antes que el Partido Comunista Chino). Hasta la familia de Lugo perteneció a él (¿quién no en Paraguay?), y aun así fueron víctimas de la dictadura de Stroessner, que se apoyaba en una facción colorada contra otra. La identificación del país con este partido es tal que Lugo ha tratado de exorcizarla con un ingenioso truco freudiano: aparecer en televisión vestido con una camisa colorada.
¿Podrá gobernar Lugo, si gana? Lo cierto es que lidera una coalición heterogénea de organizaciones de base, pequeños partidos de izquierdas y la presencia inevitable y poco tranquilizadora del Partido Blanco (liberal), que quiere asegurarse de que Paraguay no entre en la órbita del chavismo. En el fondo, lo que encabeza este obispo que no quiere ser obispo es el hartazgo. Primero habrá que ver si ese hartazgo pesa más que el miedo. «Sí se puede», me contaba Fernando Lugo el año pasado. Pero la frase no suena igual en inglés, donde el verbo poder significa poder, que en español de América, donde puede significa también quizás.