Aunque a nadie realmente le importe la pregunta estallaba ayer con la urgencia de la última hora: "¿Qué fue de Monica Lewinsky?". Cuando se cumple el décimo aniversario del affaire político más famoso del mundo, el fantasma de la eterna becaria vuelve a aparecer en la vida de Hillary Clinton justo a punto para aguarle su posible nomínación como candidata demócrata. La culpa la tiene una vez más el hambre de exclusivas de unas rotativas dispuestas a alimentarse con carroña caduca, que total vende igual. Es por esta ansia de tinta fresca por lo que sabemos que Mónica, tras declarar en el Congreso, se dedicó primero al espectáculo, después a diseñar bolsos y más tarde a licenciarse en psicología en Londres. Es también por obra y gracias de los periodistas de investigación que conocemos la nueva vida de la villana de la historia, la maquiavélica republicana Linda Tripp, quien tras traicionar la confianza de su cándida amiga, se cambió el nombre, se operó la cara y se casó de nuevo. Un derrecohe de información irrelevante que si bien no cambiará la vida de nadie sí podría cambiar el futuro del país. Y es que la reaparición en escena de la becaria maldita ha vuelto a poner de relevancia al único aliado que podría perjudicar de verdad las aspiraciones presidenciales de Hillary: su propio marido. Más allá del terror que produce en el pueblo estadounidense que sólo dos apellidos, Clinton-Bush, hayan gobernado su tierra durante las últimas décadas.La sombra alargada de Bill podría enfriar el ánimo templado del voto femenino, resentido con la ex primera dama por seguir junto al que fue su verdugo-"nadie puede juzgarme proque ninguna de ellas ha estado en mi lugar"-se defendía hace unos días la propia Hillary en un programa de televisión. Mientras que el ex presidente trata de remendar su actitud, incluso se ha ganado estos días el sobrenombre de "Bull dog" por el celo con que cuida a su mujer. Otra vieja disputa ponía hoy en entredicho el triunfo de Miss Clinton. Un tribunal de Nevada ha accedido a dejar que los trabajadores de los casinos puedan votar desde su lugar de trabajo, tal y como quería Obama. Así pues señore, la suerte está echada.