Los partidos flamencos asestaron ayer un golpe casi mortal a las escasas posibilidades que les quedaban a los belgas de sacar a corto plazo al país de la profunda crisis en la que se encuentra, después de 150 días sin que su clase política haya sido capaz de ponerse de acuerdo para formar Gobierno tras las elecciones del pasado 10 de junio.
En una polémica e histórica votación en el Parlamento, los representantes de los seis millones de flamencos que habitan en el norte, la zona más rica y poblada y con el holandés como lengua oficial, se pronunciaron a favor de separar de Bruselas y unir a Flandes uno de los diecinueve distritos que componen la capital. Se trata de Hal-Vilvorde, un barrio residencial de las afueras en el que viven 120.000 valones, que perderán su derecho a votar en las elecciones a los partidos francófonos.
Los habitantes de Valonia, 3,5 millones de personas que habitan en una región mucho más pobre que Flandes, se han tomado la decisión como una declaración de guerra que podría dar al traste con las negociaciones para formar Gobierno. Éste, según la Constitución, debe estar formado paritariamente por ministros de ambas comunidades, que votan a partidos distintos de uno y otro lado.
No es la primera vez que los belgas se ven obligados a mantener durante meses un Gabinete en funciones, pero en esta etapa se han batido todos los récords -el pasado lunes se superaron los 148 días de 1985-. Por contra, sí es la primera ocasión en que una comunidad aprovecha su mayoría parlamentaria para sacar adelante una iniciativa sin la aprobación de la mitad vecina. «Es inaceptable que una comunidad agreda de manera tan brutal a la otra. Hoy los flamencos han roto el equilibrio», declaró el diputado socialista francófono Yvan Mayeur, poco antes de acudir a una reunión convocada por el conservador Didier Reynders, presidente del MR y ganador de las elecciones en Valonia.
Conflicto constitucional
En esa cita, los partidos francófonos anunciaron que plantearán un conflicto constitucional para evitar que Hal-Vilvorde se separe de Bruselas, una escisión que representaría un gran triunfo para quienes abogan por la independencia de Flandes y, con ella, la desaparición de Bélgica como país.
El gran perjudicado por la votación de ayer, en una comisión de la que se ausentaron los diputados francófonos, fue el ganador de los comicios en Flandes, el conservador flamenco Yves Leterme, que por segunda vez ha fracasado en su intento de formar Gobierno.
En cinco meses, el rey Alberto II lo ha nombrado dos veces formador, un cargo exclusivo del complicado sistema político belga que entrega a su titular la tarea de negociar la composición y el programa de Gobierno entre las dos comunidades, pero que no necesariamente conduce a la jefatura del Ejecutivo. Además, el monarca ha nombrado a un explorador y a un informador, que tampoco acertaron a acercar posturas.
Ahora, Alberto II deberá idear un nuevo título para sacar al país del atolladero, una tarea que, probablemente, encargará a Didier Reynders.