No era el Madrid B el equipo adecuado para el Lugo, como se vio ayer en el Ángel Carro. La infinita movilidad, la velocidad que imprimen al juego los jóvenes merengues, sumada a una presión continua fruto de su imponente condición física, fue demasiado para un Lugo que apenas supo trenzar una jugada y que se asoma a los puestos de peligro tras llevar nada menos que seis jornadas sin ganar.
Cuando un equipo visitante se adelanta, como consiguió el Madrid B en el primer susto que regalaron a los locales, surge la duda de si se echará para atrás a contemporizar o, por el contrario, será de los que apartan al rival en base a mantener la posesión del balón. Eso sí, lo que nadie sabrá jamás es si el partido iba a seguir otros derroteros, si el Lugo iba a dar otra cara, pero si hubiera sido así, el tanto de Nieto (las rayas de la camiseta de Uriz, que parecía a cámara lenta, se levantaron de la aceleración que el blanco fue capaz de imprimir en tan poco espacio) fundió por completo las ideas que los locales podrían traer aprendidas.
El Madrid B sólo dio un amago de recular, pero el Lugo era tan inoperante con el cuero en su poder, que decidió que podía manejar todo el partido a su antojo, apoyado en una columna vertebral en la que el central Sergio era las lumbares; el mediocentro Parejo (hizo y deshizo con el balón a su antojo), las dorsales, y el delantero Nieto, junto a José Callejón, unas cervicales dobles.
En definitiva, si quería, el Madrid se echaba un poco atrás y esperaba para romper en contras fulgurantes (así llegaron sus goles en cascada). Los lucenses se limitaban a correr detrás de la pelota, no sabían qué hacer para detener las hordas en que se convertían los blancos con cada robo de balón. Sólo fueron cuatro los goles que marcaron, pero si no llega a ser por la acertada intervención del meta de los lucenses, Roberto Valeiro, la goleada hubiera sido aún más escandalosa. Los aprendices de merengues podían haberse dedicado al baile de salón con su adversario. Si perdían la pelota, no era por el trabajo local, sino por arriesgar en algún pase. Y, a pesar de la calidad que desprendían, en ningún momento desdeñaban el trabajo. Los cuatro hombres que siempre tenían por delante del balón presionaban sin cesar, hasta asfixiarla, la zona de creación local.
Falta de velocidad
El Lugo adolecía de velocidad, soñaba con tener alguna idea, con que le llegara la inspiración, con poner siquiera un tercio de las ganas de sus oponentes. Hasta un Sergio siempre desbordante se encontraba con la horma de su zapato en forma de laterales más rápidos que él.
Lo peor es que, salvo por un par de acciones a balón parado (Ciani es un peligro en tal lid, y lo demuestra siempre), el Lugo no probó los reflejos de Felipe. El único recurso era un pelotazo cuyos rechaces siempre favorecían a unos merengues muy superiores. Al menos, el equipo rojiblanco pudo conseguir un gol, un honor que recayó en Manu en el último minuto.