Por los pasillos de la Facultad de Historia de la Universidade de Santiago, a Antón Santos se le confundía con un estudiante despistado. Su juventud y su cara de niño apuntaban a eso. Y su forma de vestir también: camisa de cuadros grandes, pantalón vaquero, paraguas en mano durante gran parte del año y una vieja mochila de tela a la espalda.
Lo cierto es que pocos años antes había ocupado uno de esos viejos pupitres. Sin embargo, sus excelentes calificaciones durante la carrera y su disciplina como aprendiz le abrieron una puerta para ejercer la docencia.
Como profesor evitaba las clases magistrales. Siempre espoleaba la participación de sus alumnos. La mayoría de las veces a través de reflexiones sobre textos históricos.
El profesor Santos aceptaba cualquier punto de vista siempre que estuviera argumentado, sin que su ideología nacionalista trasluciera demasiado. No quería muebles ni plantas dentro de sus aulas.
Si alguien intentaba pasar desapercibido durante la clase, intentaba por todos los medios vencer su timidez para preguntarle su nombre y, a los dos segundos, decirle: «¿Ti que pensas?».