Los forenses no determinan si en el crimen participaron una o dos personas
10 jun 2011 . Actualizado a las 10:01 h.Ya van tres días de juicio y todavía no se ha puesto sobre el estrado una sola prueba concluyente que indique sin tapujos que Adriana Amoedo martilleó, apuñaló y descuartizó a sus amigos José Manuel Gómez, Pachá, y Claudia Castelo en el piso que esta pareja tenía en Betanzos en septiembre del 2008. Indicios, todos; pero pistas determinantes, ninguna. Solo la declaración de su ex novio y padre de su hijo la coloca con un cuchillo en la mano clavándolo repetidas veces en los cuerpos de las víctimas hasta llevarlas a la muerte. Quitando eso, que la propia Adriana atribuye a un despecho -al principio el procesado asumió el doble crimen, exculpando de todo a su entonces compañera hasta que esta rompió la relación, lo que motivó que el imputado cambiase su declaración y la acusase de asesina e instigadora-, todo son hipótesis. Como la ofrecida ayer por los forenses, que no pueden determinar si las puñaladas y golpes mortales los dieron una o dos personas. O el análisis de la sangre hallada en la ropa de la acusada, que tampoco sirve para acreditar que las salpicaduras fueron causadas por cuchilladas.
A pesar de todo ello, los indicios la ahogan. No ya por lo que contó el procesado, que aseguró que mientras él golpeaba a los dos chicos de Sada con un martillo en la cabeza, Adriana los acuchillaba, sino por la actitud de la propia imputada. Según lo que ella misma declaró ante la Guardia Civil y el juez cuando estaba detenida -en el juicio se negó a hacerlo-, ayudó a trasladar los cuerpos, llamó al trabajo de la víctima haciéndose pasar por ella para decirle al jefe que no iría a trabajar, su ADN quedó en decenas de guantes usados para mover los cadáveres, limpió el piso del crimen por completo y hasta compró una pala, tal y como registraron las cámaras de una ferretería ferrolana. Todo eso tiene una explicación, según argumentó la imputada en sus comparecencias judiciales, y es que estaba atemorizada por su expareja. Pero el fiscal desconfía de que sea una simple encubridora, de ahí que pida que sea condenada a 47 años de cárcel, y su exnovio, Manuel Antonio Prado, a 50.
Solo su abogado, el penalista Ramón Sierra, la cree. Nadie más. Ni las acusaciones, ejercidas por Víctor Bouzas y Pablo Freire, ni, mucho menos, la hermana de José Manuel Gómez, que asistió a las tres sesiones de juicio y ayer tuvo un encontronazo con los padres de Adriana. Para la familiar del fallecido, «la mala y asesina es ella». Y se lo dijo en la cara a sus padres, que también acudieron a la sesión. No solo eso. Les reprochó el haber asistido al juicio, algo que considera «una grave falta de respeto a las familias de los fallecidos».
La de ayer fue una sesión muy difícil para los parientes de las víctimas, que tuvieron que escuchar de boca de los forenses que el cuerpo de José Manuel Gómez presentaba 62 heridas, entre martillazos y puñaladas, mientras que el de Claudia Castelo tenía más de 40.
Fue también una sesión en la que algunos de los asistentes recordaron en los pasillos el tortuoso pasado de los procesados, una pareja que disfrutó de «mil oportunidades» para salir de la droga. Los padres de él les llegaron a encomendar la gerencia de su restaurante, pero terminaron echándolos por meter la mano en la caja. Y así llegaron a septiembre del 2008. Según declaró el procesado, esos días consumían más de 10 gramos de cocaína al día.