El objetivo del peregrino Francisco Calderón es rescatar a los árboles del olvido, «puesto que forman parte de nuestra memoria y patrimonio»
12 ago 2010 . Actualizado a las 02:00 h.«Aprovechando la madera de un árbol muerto , dejaremos de matar uno vivo». Ese es el mensaje que, resumido en muy pocas palabras, no se cansa de repetir Francisco Calderón. El objetivo de su ALMA (Actividad Logística Medioambiental) o de su proyecto a lo largo del Camino de Santiago «es dignificar el fin de nuestros árboles más centenarios, rescatándolos del olvido, puesto que forman parte de nuestra memoria y también de nuestro patrimonio e historia». Durante muchos años, esos árboles ofrecieron «cobijo, sombra, lugar de juegos, de reuniones, de secretos, de sueños...». Por tanto, merecen otro fin que no sea el pudrimiento en el olvido. Ese el mensaje que Calderón transmite a todos cuantos le preguntan y le escuchan y que le transmitirá también al Apóstol, para después poner rumbo a Fisterra. Peregrina desde Jaca (por segunda vez, la primera en el 2002 en bicicleta). De allí salió el 4 de julio, empujando (o tirando de ella en las cuestas abajo) una bicicleta-carrito. Lleva delante, como «mascarón de proa del proyecto», un corazón salido del llamado árbol de la salud de Jaca (Huesca, Aragón), un olmo centenario que vivió en ese mismo pueblo, en las inmediaciones del antiguo hospital de peregrinos de San Marcos y justo al lado del Camino de Santiago. Fotografías testimoniales Francisco pensó en él hace unos seis meses, después de haber hecho varios trabajos con la madera de otro árbol ya muerto , pero al que él le encontró utilidad y funcionalidad: mesas o elementos de decoración, entre otras cosas. Rescató un trozo de aquel árbol de la salud, ya retirado y depositado en un vivero, y de ahí -y de las manos y las ideas de este peregrino- salió este corazón que ahora sirve de presentación de su ALMA. Lleva talladas varias palabras: Marcus, Jacobus, Salus, Salutem Plurimam, la propia ALMA, el Buen Camino o el MMX (2010). Calderón no solo porta en su bicicleta-carrito este mascarón de madera, símbolo del mensaje que aparece en las primeras líneas, sino también varios álbumes fotográficos de algunos de los muchos árboles centenarios que hay en Aragón y que se están pudriendo sin más, olvidados después de haber formado parte de una historia que muchos no quieren escuchar ni tampoco ver. En su mayoría, son olmos. Está viviendo este viaje como «peregrino en cuerpo y alma». Tiene en mente muchas utilidades para eso que otros solo consideran materia muerta e inútil y que, para él, en cambio, podría significar el indulto para muchos árboles vivos. Critica la falta de apoyo de las instituciones públicas correspondientes a este tipo de proyectos y deja caer un dato: que las últimas diez generaciones hemos destruido más bosques que todos nuestros ancestros juntos.