La otra cara del emigrante retornado

GALICIA

Muchos gallegos de la diáspora solo están en Galicia los 13 días que les paga la Xunta en una residencia; o sus familiares han muerto, o se niegan a acogerlos aquí

12 nov 2009 . Actualizado a las 12:22 h.

Detrás del programa de reencuentros que desde hace años financia la Xunta para el retorno de emigrantes se esconde una dura realidad, que rara vez tiene la atención que merece. La mitad de los gallegos que regresan se ven obligados a volver a Sudamérica solo dos semanas después de pisar la tierra que dejaron siendo niños. En la residencia de tiempo libre de O Carballiño -construida en tiempos de Franco y ahora con titularidad del Gobierno gallego- se encuentran ahora 131 emigrantes, que aterrizaron en Galicia el martes. Concluida esta estancia, algunos podrán quedarse 15, 30 o 60 días más con sus familias, pero otros deberán volver: o sus parientes ya han muerto o los que quedan no quieren hacerse cargo de ellos.

«Es como la cara y la cruz: este programa tiene una lectura entrañable, con historias preciosas, y otros casos muy tristes, de gente que no ve lo que esperaba encontrarse y hasta se topa con cierto rechazo familiar», precisa Marina Ferreiro, directora de la residencia de O Carballiño.

Problemas con herencias o la falta de atención de los que emigraron con los que se quedaron en Galicia explican esta otra cara dramática del retorno. También existen casos en los que los parientes de Galicia trabajan y no tienen tiempo suficiente para hacerse cargo de una pareja de ancianos con la salud delicada. En la residencia de O Carballiño se recuerdan muchas historias. Por ejemplo, la de una señora que el pasado año volvió de Brasil. Durante varios días suplicó a los monitores del centro que quería ver a su hermana, residente en A Mezquita. Nadie sabía dónde vivía. Finalmente, con la ayuda municipal, la encontraron, pero estaba impedida. Una vecina era la que la cuidaba. Esta misma señora, en un ejercicio de altruismo, se ofreció a quedarse con las dos ancianas, y la emigrante que vino de Brasil pudo compartir con su hermana dos semanas más.

También se recuerda el caso de un gallego emigrado a Argentina que durante días peleó con los monitores del centro de O Carballiño para que lo llevaran a ver a su familia a Chantada. Finalmente lo consiguió. Pero al llegar a su pueblo fue repudiado por sus parientes. Volvió el mismo día a la residencia. Y se pasó el viaje de vuelta llorando.

En el centro ourensano pueden verse estos días muchos ejemplos de emigrantes que no se quedarán con sus familias. José Antonio, que vive en Río de Janeiro, está buscando a unos primos de Vigo, pero solo tiene el nombre de los padres de ellos, que encima ya han muerto. «Quiero encontrarlos, a ver si me puedo quedar 15 o 20 días más», reconoce sin tapujos.

La casa natal

Más conmovedora resulta la historia de Selva Castro Barros. Se marchó a Argentina hace 59 años. Ahora ha vuelto por primera vez desde que dejó su casa de Campo Lameiro (Pontevedra) cuando era tan solo una niña. En aquel viaje también iban sus padres, que fallecieron en Argentina sin cumplir el sueño de poder regresar algún día a Galicia. Selva, que ha viajado junto a su marido -Lucas Leonel Leiva-, está ahora en contacto con un primo suyo para que un día la recoja en O Carballiño y la lleve a visitar su casa natal. «Sé que no la han derribado todavía, pero no creo que encuentre el lavadero donde limpiábamos la ropa con mi madre», dice entre sollozos. Al igual que muchos otros, Selva y Lucas tendrán que marcharse cuando concluya su estancia en O Carballiño, porque ni la familia que les queda puede acogerlos ni ellos tienen recursos económicos para prolongar su estancia.

«Nos van a llevar de excursión a Santiago, pero yo quiero ir a ver mi casa de Campo Lameiro; estoy esperando que mi primo me devuelva la llamada», insiste emocionada. En la residencia de O Carballiño, los emigrantes retornados comparten experiencias, juegan a las cartas y al dominó, salen a dar paseos y recuerdan con nostalgia las peripecias de una vida marcada por el trabajo.

Han venido de Cuba, de Brasil, de Uruguay, de Argentina... El martes pasado, como si fuera el ritual propio de cada año, las cámaras se hicieron eco de ese instante de emociones en el aeropuerto de Lavacolla. Pero tras la feliz imagen del reencuentro se esconde otra realidad. La miseria económica los empujó hace medio siglo. Y en unos días muchos volverán a emigrar. Por el desarraigo y el olvido.