Casi cinco mil chavales pululan por O Milladoiro y Bertamiráns, dos villas dormitorio donde el ayuntamiento presume de sus políticas de conciliación laboral
14 jun 2009 . Actualizado a las 02:27 h.A las diez de la mañana, la mayoría de los que tenían que salir de Bertamiráns (y son muchos) ya lo han hecho. Pese a ello y al tiempo desapacible, el pueblo late. Hay carga y descarga, al autobús suben remesas de 20 viajeros. Por la travesía arriba, dos jóvenes madres, Noelia y Uxía, se encuentran con sus respectivos carritos y sus niñas. Tienen prisa. Una va a trabajar, otra a hacer unos recados, pero les da tiempo a cambiar unas palabras. Noelia tiene una niña de siete meses y Uxía otra de un año. Dicen estar a gusto en el pueblo, que tiene parques y espacios. Sin embargo, y aunque les hubiera gustado, ninguna de las dos, por circunstancias diferentes, son usuarias de la guardería pública. Una mancha en las políticas de conciliación de las que presume el Concello de Ames y que, de hecho, han ido siendo incorporadas por otros ayuntamientos con perfiles similares. «É certo que non hai prazas de garderías para todos os nenos -confirma la concejala de Educación, Isabel Pereiro-, aínda que temos concedida unha no Milladoiro que mellorará a situación».
Con todo, el concello acumula ya unos cuantos años de experiencia en atender la demanda de su población creciente. En unos días, cuando los colegios terminen, comenzarán las actividades que permiten tener a los niños ocupados en distintas actividades desde las 7.30 de la mañana hasta las cuatro de la tarde. Comedor incluido, por supuesto. En julio y agosto, divididos en quincenas, se programan también escuelas de verano con horarios similares a un precio de 50 euros por quincena, más 35 si se usa el comedor.
-¿Les sale muy caro mantener todo esto?
La concejala pone los ojos en blanco durante un momento: «Durante o curso, o comedor cústanos 200 euros ao mes por alumno, e pagan 70. Temos case oitocentos usuarios do comedor no concello». Este año, que andan con el presupuesto prorrogado, su concejalía se gastará 2,7 millones de euros. Las actividades de Xuventude e Deportes van por otro departamento.
El negocio infantil
Tanto niño genera su actividad económica. Así que guarderías privadas no faltan, ni tiendas de juguetes, de chuches, zapaterías infantiles... «Sí claro. En eso fue en lo que pensamos cuando abrimos el negocio». Lo dice Manuela, que atiende el comercio de ropa para niños Anduriña. Situada estratégicamente en la gran plaza en torno de la cual se ubica uno de los parques, el centro de salud y el centro social, donde también hay actividades para niños, la tienda ahora, en pleno horario escolar, está vacía. Pero sus propietarios no se quejan de la crisis: «Cuando abrimos, hace dos años, ofrecíamos ropa hasta los 16 años, pero ahora solo hasta los ocho. Y aún así, de lo que más vendemos es de 0 a 2».
En una mañana de perros, con lluvia y viento, por la plaza cruzan más niños de los que nacieron en Lobeira durante los últimos diez años. Dos de ellos van cogidos al inevitable carrito, con su madre. Salen del centro de salud: «He ido con la niña, que tenía fiebre». La niña debe de tener unos cinco años y su hermano, menos de dos. La madre, que como muchos vino desde Muros hace unos años, está contenta con el servicio. Por más que le pregunto, no le saco una queja. Hay pediatra por la mañana y por la tarde. Y no hay que esperar mucho. De hecho, la consulta que se ha producido a mediodía la había pedido por la mañana.
La vida en Bertamiráns, como en O Milladoiro, se articula alrededor de las travesías urbanas de las carreteras a Noia y a Pontevedra. Bertamiráns ha conseguido un aspecto más plácido y ordenado, frente a los edificios desproporcionados y la configuración poco amable de O Milladoiro. La cuesta es más dura para los carritos y los parques encuentran peor encaje. En ambas villas, o en sus travesías al menos, el aspecto es absolutamente urbano: negocios de comida rápida, potentes tiendas de electrodomésticos, franquicias poderosas, ropa de marca... y poca humanidad. La mayor parte de la gente confiesa no conocer a su vecino y salir con frecuencia a pasar el fin de semana fuera de allí, al lugar del que vinieron, tal vez.
En la plaza de Bertamiráns encuentro algo raro, una señora nacida en el pueblo, que aprovecha mis preguntas para darle cera al alcalde. Pero no se queja del crecimiento: «Con tanta xente vívese moitísimo mellor».