En la unión con el Miño genera un caudaloso espacio presidido por la iglesia de Santa Isabel
14 jun 2009 . Actualizado a las 13:41 h.Tranquilo y discreto. Así es el curso del río Ladra, humilde a pesar de que caudal vaya si lleva, y en su tramo final muestra una anchura bastante más que respetable. Pero ya se sabe que los ríos, fuera los muy conocidos y populares (léase Miño, Sil, Tambre, Mandeo y pocos más), han permanecido hasta ahora un poco en el limbo de la memoria colectiva a pesar de los esfuerzos divulgadores de un peso pesado como el profesor Francisco Javier Río Barja. Y el Ladra, en fin, no constituye una excepción. Más incomprensible aún puesto que Lugo capital no queda lejos, a lo cual hay que sumar el que antes de rendir sus aguas en el Miño hace gala de una muy envidiable belleza. Además, es zona de excelentes edificios, en teoría meras viviendas de granito pero de las que emana una nobleza que no dan los escudos, sino el trabajo constante sobre una tierra bien fértil.
El punto de partida de una excursión que lleve a esos parajes es, sin duda, la lucense Rábade. Excepto que lo que se quiera ver sea tan solo el punto exacto de la desembocadura, porque en tal caso existe la posibilidad de arrancar desde Outeiro de Rei, que posee un minicasco histórico.
La ribera, alfombrada
En el centro de Rábade abre sus puertas un hotel de cuatro estrellas, el Coto Real. De ahí, bordeándolo, arranca una carretera que lleva inmediatamente al polígono industrial (procede seguir de frente con leve giro a la diestra, aunque la señalización se agradecería) y tras un muy breve paseo de algo más de dos kilómetros idóneo para hacer en bicicleta se desciende para ganar el Ladra. Y lo primero que llama la atención es la ribera alfombrada, con unos jardines bien cuidados tras el puente. Esos jardines pertenecen a un establecimiento de turismo rural con restaurante abierto al público y que cuenta, además, con un pequeño museo privado que denominan, no sin cierta pomposidad, Casa de la Radio. En suma, el visitante ha salido del minúsculo municipio de Rábade y ha entrado en el de Outeiro de Rei parando precisamente ahí, en A Ponte, donde en otros tiempos trabajaba muy intensamente un molino.
Esa es una buena parada, desde luego. Y por la parte de atrás del restaurante aparece una pista que lleva hasta el punto final (en la bifurcación, a la izquierda): la aldea de Martul, pequeña por definición, sencilla, sin edificios destacables con la excepción de una vivienda con antigüedad y apellido, y de su templo puesto bajo la advocación de san Pedro.
Claro que hay que fijarse en otra pista que aparta hacia la izquierda justo cuando se pasa la primera casa de Martul también a esa mano, blanca la vivienda para más señas. Un kilómetro bien largo de descenso con mucha sombra aunque no autóctona que conduce a una casa que tiene nombre propio en toda la zona, muy conocida: A Casa do Picuchiña. Sígase unos metros y el visitante se encuentra pisando lo que casi podría ser una playa fluvial.
Ese punto, justo ese y no ningún otro, es el lugar donde el Ladra rinde sus aguas en el todopoderoso Miño. Un paraje acuático de una gran extensión y, por definición propia, no exento de grandes riesgos para aquellos alocados -que los hay- que emprendan la hazaña de ir nadando desde ese lugar hasta el extremo opuesto. Al frente queda la iglesia de Santa Isabel. Y hacia la derecha, convertidas ambas corrientes en una sola, un tramo salvaje, sin concesión alguna ni al cemento, ni al ladrillo, ni al feísmo, y tan solo modificado en otros tiempos por algún molino de esos que ya pasaron a la historia. Un lujo, vaya.