Lo que fue un castro primero y solar en el que se alzó una fortaleza siglos más tarde es hoy un plácido enclave con elegantes edificios levantados en granito
16 may 2009 . Actualizado a las 21:19 h.Otro municipio que no figura en los primeros puestos de los conocidos por los gallegos y que muestra un aspecto muy agradable: Castro de Rei. La concurrida feria de Ribeiras de Lea es, sin embargo, muy popular en Lugo capital, y un día a la semana esa pequeña y estirada localidad se convierte en punto de encuentro de miles de personas. Una experiencia comer allí. Y, desde luego, se merece ella sola un capítulo de La Galicia Bonita.
Pero esa es solo una parte de ese ayuntamiento que posee nada menos que 255 entidades de población agrupadas en 25 parroquias. O sea, 247 aldeas, además de los casales. Porque, curiosamente, el hecho de que Ribeiras de Lea se haya convertido en lo que por aquellos pagos denominan «centro comercial e industrial, con su parque empresarial e industrias importantes relacionadas con el sector agroganadero» (todo es relativo) fue condenando a un cierto ostracismo a la capital, a Castro de Rei.
El castillo desaparecido
La historia tiene esas injusticias. Castro de Rei fue eso, una aldea prehistórica más de las muchas que pueblan el noroeste de la península Ibérica -no solo de Galicia-, y hubo que esperar hasta el siglo XVI a que sobre ella se irguiese una fortaleza que remató su periplo vital en el nada lejano año de 1941.
Incluso el historiador Ángel del Castillo, en su monumental Inventario de la riqueza monumental y artística de Galicia, dejó constancia de su visita diciendo que de esa fortaleza «solo nos queda sobre un alto la torre de homenaje, de planta cuadrada, con 11 metros de lado, unos 14 de altura y 2,80 de grueso de sus paredes, hechas de mampostería pizarrosa; todavía conserva el almenaje y restos de la cerca». Descanse en paz.
Los especialistas aún pueden distinguir los arranques de las defensas del castro y parte del amurallamiento del castillo. Los profanos, de todas formas, se dan cuenta al ascender de que aquel no es un pueblo normal, no se trata de uno más entre docenas de miles, y por eso fue declarado conjunto histórico y paraje pintoresco en 1971.
Pero, en fin, ese pequeño olvido de Castro de Rei, con pérdida de poder local a favor de Ribeiras de Lea a pesar de que en la capital se alza, claro, la Casa do Concello, tuvo también un efecto positivo: el cemento y el ladrillo no hicieron su entrada por esos andurriales. O si lo hicieron fue de manera tan tímida que ni se nota. Consecuencia: el olvido trajo la belleza pura, solo adulterada por anacrónicos (y para algunos insultantes) nombres de varias calles.
Un monte Medulio más
En ocasiones los pueblos se quedan aislados. No porque no tengan carretera que los comunique con el mundo, sino porque hay lo que encierran y nada más. Este no es el caso de Castro de Rei. Y ese papel de salida, de enlace, no lo cumplen las vías de comunicación, sino el monte de A Escrita, que, cómo no, albergó otro castro allá arriba de todo. Y también como sucede en muchos casos, esa aldea prehistórica donde se adoraba a cualesquiera dioses fue cristianizada: en lo más alto espera un Sagrado Corazón de 1931 al que se llega por asfalto por una ladera (una barbaridad como cualquier otra), y por un viacrucis por la de al lado.
¿Arqueología pura? De eso nada. Ese es el entorno que eligen periódicamente los vecinos de Castro de Rei para celebrar una fiesta de confraternidad, remate de un acto religioso que este año, a principios de este mismo mes, incluyó misa con coral polifónica y concierto de la banda de música de la vecina Meira. Y churrasco y pulpo, por supuesto.
Las vueltas que da la vida: ese lugar donde los vecinos se lo pasaban bien es el monte Medulio. Uno más que añadir a la lista, claro, porque en absoluto está claro cuál fue la localización de esa montaña en la que los patriotas gallegos resistieron hasta el fin ante los aviesos romanos, que hasta entonces solo habían ido de derrota en derrota.